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LA POÉTICA DE ANTONIO MACHADO

Anti-conceptualismo

  La "poética" machadiana está dispersa entre sus obras en prosa fundamentalmente. Es importante señalar, antes que nada, que A.M. "no predica", pues para ello le falta el convencimiento de haber dado con la clave del hecho poético. A.M. jamás fue un convencido, por ello no aspiró nunca a convencer. Todos los críticos que han analizado los poemas de Soledades (1902) que A.M. suprimió en 1907 (SGOP) coinciden en un aspecto: A.M. pretendió con ello, no eliminar los poemas peores, sino los poemas más claramente modernistas. El Modernismo sirvió, inicialmente, a A.M. para superar la poe­sía decimonónica anterior a él. Sólo "salva" a Bécquer y Rosalía de Castro (la parte del Romanticismo español más intimista, menos his­triónica y crispada).

  A.M. rechaza del Modernismo dos elementos fundamentalmente:

  a.- La renovación de dicción de los versos, determinada por la sensación, más que por la emoción.

  b.- La poesía modernista vista como algo carente de espiritualidad, al estar demasiado ligada a los sentidos.

  Cuando el Modernismo dio paso al Novecentismo, a las vanguardias (Creacionismo) y a la Generación del 27, A.M. insiste en dos características que le parecen obstaculizar su ideal poético de ESENCIALIDAD y TEMPORALIDAD:

  a.- La poesía como algo inconsciente, no premeditado (Bécquer), de ahí que niegue el papel fundamental a la metáfora en poesía. Las metáforas vanguardistas, además, derivan de conceptos, no de intuiciones (por lo tanto, según A.M., son demasiado frías e intelectuales).

  b.- La intuición fundamental en poesía es la del tiempo. A ella se encaminan todos los recursos poéticos: rima, ritmos. etc.

ESENCIALIDAD + TEMPORALIDAD: Esencialidad, para A.M., es el predominio de la vida sobre al arte, la experiencia vivida sobre la imaginación creadora. No al intelectualismo poético. Predominio de la objetivi­dad sobre la subjetividad narcisista.

La temporalidad obliga al po­eta a comunicar, no la idea del tiempo, sino la emoción del paso del tiempo. Además, la temporalidad es lo que diferencia el lenguaje poé­tico del lenguaje filosófico-lógico (el pensamiento lógico elimina el tiempo al formular juicios universales en todos los sentidos...). De ahí la conocida definición machadiana de la poesía: "DIALOGO DEL HOMBRE, DE UN HOMBRE CON SU TIEMPO" o "PALABRA EN EL TIEMPO"... El poeta pretenderá, entonces, eternizar, intemporalizar su propio tiempo vital. El poeta, paradójicamente, tendrá que acentuar los as­pectos temporales de su expresión para llegar a conseguir una expre­sión intemporal, eterna.

Para A.M., la palabra no es un valor fónico, musical, etc., sino "la respuesta animada del hombre al contacto con el mundo", es una "palpitación espiritual", no un fenómeno puramente material. No es cierto que A.M. haya revalorizado el lenguaje normal, co­loquial en poesía. Lo que Machado hace es, sencillamente, preferir la sencillez expresiva antes que el rebuscamiento y la afectación.

Aunque parezca paradójico, A.M. es uno de los primeros poetas en introducir el empleo del símbolo en la poesía española moderna. Me­diante el símbolo, A.M. carga de trascendencia lo que sin él sería puro realismo. Lo que niega Machado no es, pues, el símbolo poético, sino su empleo exagerado en el poema. El símbolo sirve, entonces, para ex­presar lo inefable, lo innombrable, aquellas realidades espirituales que no tienen expresión en el lenguaje corriente.

 

Las imágenes poéticas

  En las imágenes de A.M., la adjetivación nunca es generaliza­dora, es siempre singularizante para subjetivar el paisaje, para convertirlo en "paisaje del alma". Si las imágenes han de serlo de ob­jetos individuales, los demostrativos tendrán un gran valor (los de­mostrativos también individualizan: "un olmo seco", "aquella luz de Sevilla". Con el adjetivo se aspira a dar visiones temporales, imágenes únicas de la realidad.

  Toda metáfora es una perífrasis: se elude el objeto y se le "alude". Al ser A.M. poeta del lenguaje sencillo y directo, ello ex­plica su poca utilización en sus poemas. Metáforas e imágenes tie­nen, también un fin individualizador. Por ello, algunas de las imá­genes intransferibles de A.M.: (Duero=) "curva de ballesta en torno a Soria" (no es, por ejemplo, una "serpiente de cristal"), (Guadalquivir=) "alfanje roto que reluce y espejea"). Por ello, ade­más, el gusto de A.M. por repetir algunas de estas metáforas a lo largo de sus poemas sin variaciones.

  La metáfora no es, para A.M., lujo decorativo en el poema, sino necesidad, recurso utilizado cuando lo intuitivo no puede ser expre­sado directamente.

  El verbo es la parte de la oración que mejor expresa el tiempo para A.M. Prefiere el pret. imperfecto (especialmente en sus roman­ces, con rimas en "-ía" y "-aba") [poemas XXXVIII, XCVIII, CLII, XLVI, LVI]. A.M. hace un uso importante de pret. indefinido, del ge­rundio como tiempo durativo [poemas XI, LXXXV].

Los adverbios sirven como mecanismo elegíaco (pasado-presente), o para reme­morar el pasado, para subrayar su reaparición en el presente, etc. El adv. "ya" es el más utilizado por A.M. para expresar el cumpli­miento de algo esperado o para lograr un efecto de lentitud [CXXVI, CXXXVII...]'

Todo ello no quiere decir que A.M. rehuse el sustantivo [p. XL­VIII, LXXVII...] y el adjetivo.

Este planteamiento temporalista de A.M. se amplió también al pai­saje, dándole siempre el matiz de la distancia.

La rima, en tanto que es el encuentro más o menos reiterado con un sonido cada determinado fragmento de tiempo, será para A.M. otro recurso importante. Pero las palabras rimadas deben, según A.M., usarse cautelosamente, sin exageraciones, y prefiriendo la asonancia sobre la consonancia.

En esta "poética temporalista", A.M. utilizó bastantes veces de­terminadas técnicas. La técnica cinematográfica de la yuxtaposición de escenas, donde se mezclan sucesos, estados anímicos, tiempos distintos, etc. [p.XXXVIII, XLVIII]. Otra técnica cinematográfica es la inversión de las relaciones temporales, también llamadas superpo­siciones [poema CLXV, nº 4; doble perspectiva temporal: la del padre que ve al hijo anciano ante sí, madurando hacia la muerte, y la del hijo que sólo logra rescatar al padre joven, en una irreal recons­trucción imaginativa]. Estas superposiciones también pueden ser es­paciales, en las que la tensión entre el ayer y el hoy nace de si­tuaciones de igual estructura separadas en el espacio-tiempo [poemas LXXXVI, CI, CXXV, CLXXXVII]. La última de estas técnicas es la de la condensación temporal, en la que se acumulan caóticamente escenas rapidísimas [poema CLXXII, con escenas rápidas sucediéndose como en el delirio de un enfermo, y cuya clave temática es un amor desespe­ranzado, condenado a la muerte...].

Para A.M., toda imagen poética consta de 3 elementos:

  la INTUICIÓN como origen

  la EMOCIÓN como fin

  una referencia a una EXPERIENCIA HUMANA COMPARTIDA , evitando un grado excesivo de subjetividad (recuérdense las críticas de A.M. a los poetas del 27, las vanguardias, JRJ, etc.)

El eje de la TEMPORALIDAD explica y subyace a toda la poesía de A.M. Es también la base sobre la que se levantan las imágenes de A.M. (imágenes que gustaba de repetir con variaciones mínimas a lo largo de sus libros de poemas). Un tiempo intuitivo, personal e individualizado.

Si en sus textos poéticos A.M. construyó unos personajes apó­crifos (Martín, Mairena, Meneses) para facilitar así el distancia­miento mediante la técnica del DIÁLOGO, también en sus poemas es abundante el uso de esta técnica dialógica. Puesto que en la poesía, según A.M., el hombre dialoga con su propio tiempo, el "yo lírico" de A.M. dialoga en bastantes poemas con determinados "interlocutores" que simbolizan el tiempo: la fuente, el camino. la tarde, la noche, etc. (algunos de ellos ya codificados por la tradición cultural, como el símbolo del agua desde Heráclito y J. Manrique...). Algunos ejemplos sería:

DIÁLOGO CON LA MAÑANA: poema XXXIV (el alba primaveral como excitador de la nostalgia infantil y la falta de recuerdos).

DIÁLOGO CON LA NOCHE: poema XXXVII (la difícil distinción en­tre la persona que sueña y el sueño, que es la clave para conocerse a sí mismo).

DIÁLOGO CON LA TARDE: poemas CLXI, LXXVII, XLIII...

En definitiva, estas técnicas de "desdoblamiento" del "yo lírico" de A.M. derivan del pudor afectivo del mismo, del temor a la confesión abierta (Romanticismo) de su subjetividad.

EL AGUA: el poema LV (3ª estrofa) define perfectamente la función de este símbolo. El agua puede presentarse de diferentes modos: río, fuente, mar... Suelen ser símbolos excitadores de melancolía por el amor/infancia perdida, por el dolor de la existencia, etc. Poemas VI, VIII, XIX, XXIV, XXXII, XC, CLII, XCVI y , sobre todo, el poema XXXII (analizado por C. Bousoño, donde el "agua muerta" es un sím­bolo bisémico: el agua verdinosa del estanque es también el para­digma de todo lo quieto, todo lo muerto -ilusión , felicidad, espe­ranza-. Símbolo reforzado por el martilleo acentual, los colores mortecinos, el mármol, etc., sugestionando así el significado de la muerte...).

El mar es también símbolo bisémico en A.M.: por un lado el refe­rente manriqueño de la muerte y por otro el mar como símbolo del enigma de la realidad y la vida del hombre en el mundo  (poema CLXX­XIV, CLXXIV y el CXIX...)

EL RELOJ: símbolo de monotonía y sucesión imparable. Poemas I, XXI, LV, CXXVIII...

EL CAMINO: nótese que A.M. no da al camino el valor denotativo del término. Para A.M., todo camino vale por sí mismo ("se hace camino al andar..."). No existe camino, sino caminar (= vivir, interiori­zarse cada vez más). Poemas CXXXVI, XXXIX, LXXVII.. El camino puede considerarse un símbolo muy próximo al del río.

EL JARDÍN-HUERTO: si el río lleva al mar, muchas veces en A.M. el camino lleva al huerto-jardín infantil (p. XCVII) con sus naran­jas y limones (p. III, LIII, CXXV). Jardín como tierra de promisión, el lugar de donde se parte y a donde se va. Su ausencia es fuente de dolor (p. LXIX).

Por otra parte, hay algunos poemas (como el XLVIII, "Las mos­cas") en los que A.M. mantiene una estrecha relación con el novelista francés Marcel Proust ("el tiempo en lo minúsculo"): EL TIEMPO EN LAS COSAS, COSAS QUE SIRVEN COMO TRAMPOLINES PARA LA REFLEXIÓN SOBRE EL TIEMPO. Y al revés, en A.M. casi no hay objeto que no esté delimitado dentro de unas coorde­nadas temporales precisas: presente/pasado/futuro, las cuatro esta­ciones anuales, día/noche. LAS COSAS EN EL TIEMPO. Por ejemplo, la historia (p. XCVIII, p. CXV, etc.).

 

Monosemia y disemia

Mientras que, en las "visiones", se atribuye a un objeto real A acciones, caracteres, etc., "imposibles", inverosímiles (sólo se convierten en posibles, verosímiles, tras el análisis), en el sím­bolo esos atributos son posibles, verosímiles, pero es el mismo po­ema quien nos da las bases para pensar en su imposibilidad, en su inverosimilitud. El crítico Carlos Bousoño propone como ejemplo el poema LXX ("Y nada importa..."). Los símbolos serían el "vino de oro" y el "agrio zumo" que rebosan en una copa de cristal.

Que un vino dorado o un zumo agrio rebosen en una copa de cris­tal es posible, verosimil. Es verosimil que ese rebosar de vino o zumo en la copa no importe a alguien (a ese "tú" sujeto poemático) que lo contempla. Pero lo que es inverosimil es la razón que se nos da, en el mismo poema, para que ese rebosar de líquido en la copa no importe al sujeto: porque "tú sabes las secretas galerías del alma...". Ante esta inverosimilitud, lo único que percibe el lector es la impresión positiva que produce el "vino de oro" y la negativa del "agrio zumo": Así, por una parte:

TÚ (sujeto poemático) [= persona que goza de la vida = placeres de la vida] = emoción en la conciencia de placeres de la vida.

"VINO DE ORO" [= realidad placentera = placeres = placeres de la vida] = emoción en la conciencia de placeres de la vida.

Y por otra:

TU (sujeto poemático) [= persona que sufre en la vida = sufri­mientos de la vida] = emoción en la conciencia de los sufrimientos de la vida.

"AGRIO ZUMO" [= realidad desagradable, negativa = sufrimientos de la vida] = emoción en la conciencia de los sufrimientos de la vida.

Los símbolos analizados son simples. Pero también se dan, en A.M., símbolos disémicos, que suelen encadenarse casi siempre. Por ejem­plo, en el poema XXXII de SGOP ("Las ascuas de un crepúsculo mo­rado..."). Los símbolos de este poema están encadenados: crepúsculo, cipresal, glorieta, Amor de piedra, marmórea taza y agua muerta. Son símbolos que operan en la misma dirección: causar la impresión de pesadumbre, gravedad fúnebre, cercanía de la muerte.

Pero, además, son símbolos disémicos; es decir, poseen dos sig­nificaciones: la denotativa (D) y la connotativa (C):

"CREPÚSCULO (MORADO)": [D] última luz vespertina antes de la no­che y [C] acabamiento del día, de la luz.

"CIPRESAL (NEGRO)": [D] árbol y [C] árbol relacionado con los cemen­terios.

"GLORIETA (EN SOMBRA)": [D] pequeño edificio recreativo y [C] deca­dentismo, tranquilidad y quietud.

"AMOR (DE PIEDRA)": [D] pequeña estatuilla referida al amor y [C] decadentismo.

"TAZA (DE MÁRMOL)": [D] utensilio. y [C] mármol como material frío.

"AGUA (MUERTA)": [D] H2O y [C] elemento referido en la tradición literaria-filosófica al transcurso de la vida. Agua muerta = vida acabada = PRESENCIA O CERCANIA DE LA MUERTE.

Todo el poema machadiano tiene esta disemia que vemos en cada uno de los símbolos que se encadenan en él: [D] descripción de un parque. [C] descripción del sentimiento de la presencia o cercanía de la muerte, del acabamiento de la vida. Descripción simbólica de un sentimiento ardiente, dolorido ("ASCUAS").

 

La muerte y el sueño

Si el eje temático básico de la poesía de A.M. es el de la temporalidad, es lógico que el tema de la muerte sea otra de las presencias (y temores) constantes de su obra. Para A.M. (poema XXXV, XXI, XC, LXXXV, etc.), el "ser" es siempre un "ser-para-la-muerte".

La poesía, entonces, es para A.M. un intento de expresión del paso del tiempo (algo meramente intuitivo, nunca conceptual; algo sentido, no una idea). A veces, ha de recurrir a las imágenes y los símbolos

Frente a la muerte, A.M. adopta, muchas veces de modo explícito (poema CXXVIII, LXXIX, LIX, LXXVII, etc.), la misma filosofía "agónica" de Unamuno. Entonces, el trasfondo temporalista de la poesía de A.M. se ex­plica como una preparación para el definitivo y angustioso diálogo del hombre con el "deseado" Dios intemporal. Por eso, en su famoso "autoretrato", tras señalar A.M. que "conversa siempre con su doble" (Mairena, etc.), es decir, consigo mismo, "espera conversar con Dios un día" (esa esperanza es lo que revela su actitud unamuniana, agónica, ante Dios y la muerte). Vid. el poema LXXVIII.

El refugio-consuelo (pobre y equívoco, lo sabía A.M.) ante la muerte suele ser en sus textos el SUEÑO, ya que para A.M. el sueño se define como "residuo que el tiempo deja al pasar" en la vida.. Si ésta, para A.M., la vida es "tragar tiempo" sin poder conocer ni alcanzar las esencias, el sueño se convierte en un "paraíso intemporal", un modo provisional de conocimiento como única forma de salvación, tal vez quimérica. Para A.M., el sueño se revela, entonces, como la única forma po­sible de conocimiento, auto-conocimiento muchas veces (poema LXXXIX)

Ello no quiere decir que A.M. sea un poeta superrealista. A A.M. no le interesan los elementos oníricos subconscientes como materia­les poéticos, sino EL SUEÑO EN LA VIGILIA. La única huella superrea­lista que la crítica ha creído encontrar en los textos de A.M. reside en el poema CLXXII, titulado "Recuerdos de sueño, fiebre y duermi­vela". Los elementos estimulantes de esos sueños de vigilia son, en­tonces, muy variados: el regreso de un hermano al hogar  (poema I), una mano inexperta al piano (poema XCIII), las cosas viejas (poema LXXI), las fuentes (poema VI), el paseo por los caminos (poema XI), etc.

La nota predominante en los sueños machadianos suele ser el HASTÍO. Un hastío generado por la melancolía amarga que produce so­ñar en las cosas pasadas. O el temor, que convierte el sueño de la muerte en una pesadilla: poema LIV.

Pero, en los textos de A.M., no es sólo él quien sueña. También la naturaleza (poema LII, LXXII, XIX. XLII, etc.) y los objetos más variados (poemas VII, XXXII, LXXVI, XLIV, etc.). En definitiva, esta capacidad de ensoñación universal en la poesía de A.M. se explica como proyección, en el mundo exterior, de lo que el poeta lleva en su in­terior; como compenetración entre lo circunstante y el estado aní­mico del poeta, entre paisaje exterior y paisaje interior.

Relacionado con el tema del sueño-muerte, A.M. utiliza algunas veces (poema LXI, XXXIV, etc.) el símbolo del ESPEJO. Para A.M., la memoria no sirve para recordar acontecimientos pasados, sino para recordar sueños, porque lo vivido, al reflejarse en ese espejo, su­fre siempre una mayor o menor deformación (en esto hay una clara relación con las últimas ge­neraciones de posguerra, años 60, 70).

 

El tema amoroso

(Leonor y "Guiomar")

En general, los textos poéticos de temática amorosa en la obra de A.M. obedecen a un mismo principio temporal y simbólico:

AMOR = PRIMAVERA = "RESURRECCIÓN" ANÍMICA           

Véase el poema titulado "Primaveral" ("Nubes, sol,...") de De un cancionero apócrifo.

La amada como objeto erótico, carnal, apenas existe en la poesía de A.M. Sobre todo, la amada es, para el poeta, una PROYECCIÓN SUBJETIVA del "yo" (poema CLXII). Además, para A.M. RECORDAR ES AMAR, ya que ("se canta lo que se pierde"), una vez haya desaparecido la presencia de la amada, surgirá, al tiempo o como consecuencia de la voluntad de recordarla, el amor.

El amor es, así, un hecho IMAGINATIVO. En él, la realidad es secundaria: la amada, como realidad, es una parte mínima desde la que se proyecta el poeta para forjarse una criatura ideal (como Don Quijote se proyecta en  Aldonza Lorenzo para crear a Dulcinea) en su soledad.

La ausencia será el verdadero excitador del poema amoroso en A.M., nunca la presencia femenina, pues es la ausencia lo que permite el sueño (es decir, el conocimiento) amoroso.

Por ello escribió sus poemas amorosos sobre Leonor (poemas CXIX, CXXIII, CXXII, CXXI, etc.), su esposa, después de su muerte. Idéntico planteamiento subyace en los poemas dedicados a "Guiomar" (poema VLXXIII -parte III-, CLXXIV bis -soneto II, etc.).

En definitiva, también sobre el tema amoroso se proyecta el trasfondo temporal que caracteriza toda su poesía: más que del amor, A.M. habla de "un tiempo amoroso construido a través del tiempo mismo, cuando éste es soledad, distancia, ausencia y pérdida". Por ello, el vehículo que posibilita el tema amoroso en A.M. es la nostalgia, la melancolía (un tiempo pasado):

 

España y su historia

La Generación del 98 tuvo un matiz claramente historicista que es explicable por la problemática española de finales del s. XIX (pérdida de las últimas colonias...), que provocó un amplio debate sobre la viabilidad histórica de España, o mejor, del modelo imperialista-burgués de la España de la época (debate que se venía produciendo desde la Ilustración). En ese sentido, el "desastre del 98" fue un símbolo de la descomposición de ese modelo socio-polí­tico. Lo que era un problema de política internacional se convirtió, así, en una cuestión interna a finales del s. XIX: tal "desastre" demostró la inutilidad de las clases dominantes (terratenientes agrícolas y alta burguesía industrial) para realizar la reforma so­cio-política moderna de España. Hay que añadir, además, la creciente implantación en el país de las ideologías anarquistas, socialistas, marxistas, etc.

En definitiva, España no se debatía en términos de afirmación o negación, sino que el tema de España pasaba a ser una problema.

Para los noventayochistas tal problema era de naturaleza social, no ideológica o política: lo que se debatía, para ellos, no era la identidad histórica española, sino la posibilidad de un nuevo sis­tema social.

El esquema de interpretación de la historia más conocido (no el único) de la Generación del 98 fue el de Unamuno: se enfrentan en él la HISTORIA frente a la INTRAHISTORIA (Ensayos en torno al Casticismo, 1895). Lo "intrahistórico", en dicho esquema, está representado por las clases bajas, agrícolas e industriales, significando, para Una­muno, la única vía posible para superar creadoramente la crisis co­yuntural del presente.

A.M. fue un noventayochista tardío. Por ello asumió este esquema historicista unamuniano cuando la mayoría de la Generación del 98 comen­zaba a evolucionar hacia posiciones más subjetivistas, menos compro­metidas y activas (anarquismo, socialismo, etc., del primer Unamuno, etc.). Ahí (en la "tardanza" noventayochista de A.M.) reside la clave para explicar la diferente evolución socio-política del pensamiento de A.M. respecto al resto de integrantes de la Gen. del 98.

Si el escaso tratamiento del tema que hace A.M. en SGOP tiene tintes regeneracionistas, su libro CC representa su integración plena dentro de la óptica del 98. En CC hay poemas (XCVIII, XCIX, CI, CII) que presentan el es­quema unamuniano de ahondamiento en lo "intrahistórico". En estos poemas, lo "intrahistórico" es representado por el paisaje y el paisanaje (labradores, pastores, caminantes) en todas sus faenas (poema CXXXII). Por otro lado, lo "histórico" se formula como oposición entre pasado y presente (ramplonería/interés vital, gloria/miseria, madre/madrastra, etc.). Con ello, A.M. no pretendió una recuperación místico-ideal del pasado, sino mostrar el contraste brutal con el presente y la necesidad de un cambio histórico hacia un mañana nuevo.

A.M. oscila, dentro de CC, entre la esperanza en el futuro, la más absoluta incertidumbre (la llegada de la noche en el poema XC­VIII) y la visión de la sombra del Caín fratricida (poema XCIX) como premonición de una hipotética guerra civil.

A su vez, hay un elemento en la evolución de A.M. que demuestra el creciente noventayochismo de su pensamiento político: mientras que en SGOP el paisaje, evocado con técnicas impresionistas y simbo­listas, viene determinado, a modo de correlato, por la vivencia in­terna, subjetiva del poeta (poemas XI, LXXIX), en CC hay un proceso de creciente animación del paisaje (aunque la subjetividad del poeta sigue presente, pero en un segundo plano). El paisaje se hace más objetivo y el poema más narrativo (en todos los paisajes de CC se advierte la presencia humana). Del paisaje como estado del alma, al paisaje como vía de penetración en la historia y en la realidad so­cial de Castilla (= símbolo y "corazón" de España para la Generación del 98). Véanse los poemas CIII, CXIII, CXIV, etc.

El esquema unamuniano aplicado a la España de la época se tra­duce en la oposición entre la "España oficial" y castiza y la "España real" popular, creadora y "eterna" (oposición planteada ten­denciosamente tras, la Guerra Civil, en términos de "España" frente a la "anti-España" por el tradicionalismo neo-católico vencedor, pero con antecedentes ya desde las Cortes de Cádiz de 1812).

Machado, tanto por tradición familiar como por su educación en la I.L.E., está inserto de lleno en la España liberal, laica y li­brepensadora (poema CXXXV) que parece oponerse y hasta negar a "la otra España" y viceversa...

El pensamiento político de A.M. irá dejando paulatinamente sus tintes ideológicos iniciales para formularse en términos puramente sociales (más agresivos, por cierto, cada vez). Así, frente a un bastante ro­mántico concepto de "pueblo", A.M. centrará sus ataques en la figura del "señorito andaluz" (poemas CXXXI, CXXXIII, etc.) como arquetipo de la España de la inútil Restauración decimonónica, o más concreta­mente, de sus clases dominantes. Crítica que, casi proféticamente, se radicalizará en boca de Mairena sólo unos años más tarde (a me­dida que, paralelamente, España se va acercando, crispadamente, al año 1936).

En definitiva (y como un rasgo típico en A.M.), frente a la es­peranza del A.M. poeta se sitúa el amargo sarcasmo del Mairena pensa­dor; frente a la intuición, la lógica; frente a la Poesía, la Filo­sofía; frente al deseo, la realidad.

Ante todo ello, cabe ahora hacerse una pregunta: si hoy en día se reivindica la figura de A.M., ¿se hace considerando sus posibles valores y logros poéticos, o como pensador sobre el tema de España, más fiel a sí mismo que el resto de los integrantes de la Generación del 98 en la que se le suele incluir...?

 

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