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CONDICIÓN SOCIAL DEL  ESCRITOR ROMÁNTICO EN ESPAÑA. EL PERIODISMO Y EL “FOLLETÍN”.

Condición social del escritor romántico

Para entender la condición del romanticismo no será inútil examinar primero cuál era la situación social del escritor. Ello arroja no poca luz sobre la índole de su creación.

Hay que precisar inicialmente un hecho poco recordado:  el escaso número de lectores: España tenía en la década de l830 una población aproximada de  13 millones de habitantes. Sólo un diez por ciento de la población adulta sabía leer y escribir, quizá algo menos, pues las estadísticas difieren al respecto. Es decir, el público potencial del escritor estaba por debajo del millón de personas. ¿Cuántas, en realidad, leían?  Muy pocas. Larra, en “Carta a Andrés”, de 11 de septiembre de 1832, se quejaba de que nadie leía en el país.

   A tan triste panorama se unía un obstáculo oficial que dificultaba la tarea de escribir:  la censura. Cierto es que no era ya tan rígida como en la época fernandina, pero existió durante todos estos años románticos y liberales. Larra se queja amargamente de ella y convierte sus escritos en un testimonio de su existencia: todavía se podía impedir publicar una obra o mutilarla con tachones e irreconocible cambios.

Nada tiene de extraño, por otra parte, que el escritor necesitase ganarse la vida con otros menesteres, pues la pluma no daba para ello: así, unos se hicieron empleados del Estado, otros entraron en la política y muchos en el servicio diplomático.

La literatura no era, pues, un fin, sino un medio. Durante la época romántica no fue posible el escritor puro, independiente; con  muy contadas excepciones: Larra sobre todo, Zorrilla, Espronceda o Mesonero Romanos. Ello restó a la literatura independencia y fuerza moral, enmascarándola lentamente y tornándola acomodaticia. No obstante, hay que señalar esto cambió hasta cierto punto después de que coincidiesen en sus ideales el Estado y los escritores, esto es, tras el triunfo del liberalismo: el escritor burgués y liberal se sentía muy a gusto en un Estado burgués y liberal. Por ello la mayoría de los románticos españoles logrado el triunfo, escogieron posturas acomodaticias y conformistas, muy poco críticas. la literatura que hicieron a partir de cierto  momento fue  moderada. Algunos  quedan fuera:  Larra, Espronceda o los primeros socialistas como Ayguals, por ejemplo.

Entre los medios que algunos escritores escogieron para vivir estuvo también el periodismo. Restaurada la libertad y los partidos políticos al morir Fernando VII  floreció el periodismo político junto al literario y cultural. E1 periódico era en general de pequeño tamaño y modesta tiradas; las revistas, en cambio  se esmeraron en la presentación tipográfica y el grabado  Unos y otras vivían a base de suscriptores. Los sueldos de los colaboradores eran pequeños:  una excepción fue Larra, que llegó a ser el mejor pagado de los de su oficio.

 

El periodismo

En el desarrollo de la prensa española a lo largo del s. XIX hay que distinguir varias etapas. En todas ellas hay una clara influencia de los sucesos políticos:

1.- El “Trienio liberal” (1820-1823). Entre los muchos títulos de periódicos y revistas que surgieron tras la muerte de Fernando VII y la llegada al trono de Mª Cristina (necesitada de pactos con los liberales frente al incipiente Carlismo) destaca sobre todo uno: El Europeo (Barcelona, 1823-1824), que dejó de aparecer con la llegada de los “100.000 hijos de San Luis” y el comienzo de la llamada “Ominosa década”. Las características ideológicas de este periódico eran:

· Se concibió como empresa internacional, con colaboradores españoles, ingleses e italianos. Ello marcó su cosmopolitismo y su empeño por divulgar en España el espíritu romántico dominante en Europa, los grandes artistas y la vida literaria.

· Sus fundadores se limitaron, para evitar la censura, a temas artísticos, literarios y científicos, excluyendo la política.

· Tenía un trasfondo claramente liberal moderado y nacionalista. Ello se manifestó en su defensa del concepto “patria”, sus reivindicación del siglo de Oro español, su aversión a lo francés y su espíritu favorable a la religión.

A1 desaparecer en 1824  El Europeo, su  balance no puede ser más positivo. Junto a nombres como Schiller, Sismondi, Byron, quedan incorporarlas al aire cultural del país unas cuantas ideas fundamentales: la libertad creadora, el sentimiento como categoría estética, la reivindicación del mundo germánico y caballeresco, la belleza e importancia de la religión cristiana, la especificidad nacional, el orientalismo, etc.

2.- La “Ominosa Década” (1824-1833). Si la vida política no hubiera experimentado un retroceso tremendo en su camino hacia la libertad y la democracia con el recrudecimiento del absolutismo borbónico  es muy posible que los frutos del romanticismo hubieran florecido continuamente, adelantándose así en una década la aparición sistemática del mismo. No fue ése el caso. Fernando VII reprimió violentamente los gérmenes constitucionales y persiguió con brutalidad a los liberales. Las condiciones para la creación literaria se tornaron muy desfavorables, sobre todo, para una creación cuyo credo central era la libertad. Una rígida censura, que databa del concreto de 11 de abril de 1805 impedirá cualquier intento de rebeldía.

En cuanto a las revistas y periódicos, en 1828 salen El Duende Satírico del Día de Mariano José de Larra, y El Correo Literario y Mercantil (1828-1833), violentamente criticado por Larra. Se fundó  después  Cartas  Españolas  (marzo  1831-noviembre 1832) abierto a la discusión de la nueva estética y donde Mesonero y Estébanez Calderón colaboraron con artículos de costumbres. Al desaparecer lo reemplazó Revista Española (noviembre 1832-agosto 1836), llamada luego Revista-Merasajero al fundirse con éste. En la Revista alcanzó Larra reputación nacional. Su publicación fue muy importante por haber  dado  cuenta  de los  grandes  estrenos teatrales del momento. Mantuvo también no pocas polémicas con La Abeja (1834-1836), de carácter más moderado y con inclinaciones clasicistas. En Barcelona, a su vez,  apareció El Vapor (1833-1838) que reunió a los románticos catalanes dé primera hora con otros  más jóvenes que originarán la Renaixença: López Soler, Aribau, Milá y Fontanals, Ribot y Fontseré, Piferrer, Rubió, etc. Con un espíritu muy regionalista, enaltece las glorias catalán y exhorta el estudio de la historia de Cataluña. Allí se publicó “Oda a la Patria” de Aribau.

3.- Triunfo y decadencia romántica (1834-1850). En España, tras la muerte de Fernando VII, como en otras naciones europeas antes, así que las ideas románticas comenzaron a emerger; encontraron fuerte resistencia en los clasicistas que las combatieron ardorosamente. Los románticos trataron  de  precisar su  doctrina, exponiendo sus principios y a la vez su concepto de clasicismo con objeto de contrastar ambas escuelas y de probar que los auténticos clásicos eran en gran medida románticos. Como los clasicistas contaron con la protección oficial de Fernando  VII, no se  molestaron  mucho en intervenir por aquellas fechas; pero, a partir de 1833, conscientes de su escaso futuro, desataron numerosos ataques en revistas y periódicos como La Estrella y El Eco del Comercio (1834-1837).

   No cabe duda de qué la literatura y los literatos comenzaron a gozar de prestigio: la sociedad los honraba, los respaldaba, los temía en ocasiones. Pocas veces en la historia de España ha visto un espectáculo semejante de apoyo a las Letras, de reconocimiento de su función social. La Corte y Provincias tenían a gala contar con un grupo de escritores y de artistas que dieran galanura a 1a vida cultural. A ello contribuyeron no poco en  Madrid  dos instituciones creadas por entonces: el Ateneo (1835) y el Liceo (1837).

Aumentó también la importancia de revistas y publicaciones como El Vapor, El Artista, Revista Española, No me olvides, El Liceo Artístico y Literario, entre otras. El Semanario Pintoresco Español  (1836-1857) es la gran revista del costumbrismo. La Revista de Madrid (1838-1845) tuvo un carácter moderado en política. La Palma (Palma de Mallorca, (1840-1841) publicó muchas poesías medievalistas. No obstante su orientación regionalista, se prefirió el castellano al catalán. Allí aparecieron traducciones de Lamartine, Hugo y Byron. La Revista de Teatros (1841) fue importante en la modelación de un teatro romántico. La Revista de  España y el Extranjero (1842-1848) ofreció mucha crítica dramática. Directrices semejantes observó la Revista Científica y Literaria (1847). En El Laberinto (1843-1845) colaboraron Gil y Carrasco, Hartzenbusch, Carolina Coronado, la Avellaneda, Ayguals de Izco, etc. Expresión de la corriente satírica y costumbrista que florece desde la década de 1840 fueron La Guindilla (1842-1843), La Risa (1843-1844) o El Dómine Lucas (1844-1846). En ellas se defiende una línea social avanzada tanto en la vida como en la literatura. No fallaron tampoco periódicos de orientación religiosa que mantuvieron firme una actitud hostil hacia lo que consideraban inmoralidad del arte vigente: El Arpa del Creyente (1842) se fusionó con El Reflejo (1843). Su ideal era la unión de religión cristiana y arte. La Literatura (1844-1845) fue fanáticamente clerical (en este tipo de revistas se dio a conocer J. Balmes).

 

El “folletín”

Muy típico de la prensa, desde principios s. XIX, fue, por último, un nuevo modo de edición, tanto en el caso de la novela histórica, como la novela social o la novela de costumbres: el llamado “folletín”.

E1 término[1], calco del francés “feuilleton”, designaba en principio escritos seriados que se publicaban en los periódicos, bien en la falda de algunas páginas, bien en hojas especiales dispuestas para ser cortadas, dobladas y encuadernadas. La costumbre de este tipo de publicación comienza en España a mediados del siglo XIX y se extiende hasta bien entrado el nuestro. De esta forma, a la que acaso sería mejor llamar “folletón", como se ha propuesto, para distinguirla del folletín como género, se publicaron desde novelas folletinescas hasta muchos libros de verdadera calidad literaria e importancia (citemos, entre otras, obras de Galdós, Baroja, Valle-Inclán e, incluso, de Ortega y Gasset).

  Desgajándose del periódico se comienzan a editar novelas y libros de los que sale un cuadernillo semanal vendido por suscripción. Aquí es donde nos encontramos los verdaderos folletines: “novelas de gusto popular", paraliterarias, con fuertes contrastes entre el bien y el mal, entre buenos y malos, persecutores y víctimas; cargadas de episodios no siempre bien ligados entre sí: raptos, fugas, duelos, envenenamientos, aventuras y bandoleros, con una acción que termina siempre con el restablecimiento de la justicia entre las lágrimas compasivas o melodramáticas.

A mediados del XIX escriben novelas por entregas -acaso denominación más justa- escritores como Balzac, George Sand, Dumas y Eugenio Sue, cuyos Misterios de París pueden ser considerados como paradigma del género. En España los folletinistas más importantes serán Ayguals de Izco, Ortega y Frías, Parreño, Pérez Escrich y Manuel Fernández y González, pero también escribieron novelas por entrega Maeztu; Blasco Ibáñez y Valle-Inclán. Y no sólo se publicaron por entregas novelas folletinescas; sino otros libros que, por su precio, no eran comprables de otro modo por un público extenso o que, por circunstancias de composición, no podían ofrecerse de otra forma: así, se vendieron por: entregas El diablo mundo de Espronceda, la doble edición de Los españoles pintados por si mismos o la edición ilustrada de los Episodios Nacionales de Galdós.

  La novela por entregas creó unos rasgos estilísticos y de composición específicos que; si hacemos caso a. las palabras de Baroja y del mismo Galdós, influyeron sobre la forma de concepción de la novela en lo escritores posteriores: especialmente en los de la generación del 68 y sus sucesores y en la del 98. Algunos de estos rasgos “folletinescos” son:

·  Edición a través de la prensa de la época: muchos periódicos o revistas incluían un capítulo de una determinada novela como fórmula de reclamo o atracción lectora.

·  Su origen y desarrollo obedece, en todo momento, a motivos económicos (gran competencia de la prensa en el mercado, captación de lectores-compradores, contratos con escritores famosos, etc.)

·  Fragmentarismo: la extensión de cada capítulo viene dada por la cantidad de páginas a rellenar en el periódico o revista.

·  Cada capítulo suele acabar en un momento climático. Evidentemente, éste es otro mecanismo para captar la atención del público lector.

·  Estilo bastante descuidado, normalmente debido a las prisas que tenían estos escritores por cumplir con los contratos firmados.

·  Acentuación de los elementos melodramáticos para impactar en la sensibilidad media.

·  Personajes frecuentemente reducidos a “tipos”, sin ninguna densidad o evolución psicológica a lo largo del relato. Frecuente maniqueísmo en la presentación de los personajes.

·  Narrador omnisciente, intervencionista y reflexivo.

·  Preferencia por los temas que despertaran de un modo seguro el interés o la morbosidad del público (temas obreristas, sexuales, etc.).



[1] Vid. VV.AA. (19911): Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria; Barcelona, Ariel; p. 173 y ss.

 

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