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GALDÓS en su 3ª etapa (1886-1918): novela espiritualista

 

Evolución ideológica

Después de la etapa naturalista se produce un giro en la novelística de Galdós tan decisivo como el que separa la época abstracta de la naturalista y que permite dividir su obra en tres fases decisivas  a no ser por los retrocesos y vacilaciones que hacen mucho más confusa esta tercer y última etapa.

Parece, no obstante, evidente que Galdós escribió fundamentalmente tres tipos de novelas cuyas constantes son: la realidad colectiva deformada por la ideología (novelas abstractas), la ideología incorporada a la realidad colectiva (novelas naturalistas) y, finalmente, la crisis de esa ideología y de esa realidad colectiva con el paso a progresivas interiorizaciones individuales (La incógnita, Realidad, Ángel Guerra, Nazarín, Torquemada, Misericordia, El abuelo, etc.)

En esta tercera etapa de su producción Galdós descubre en toda su complejidad al individuo en plena rebeldía contra la sociedad, insatisfecho con las normas y valores de ésta, buscando su propia ética (Nazarín, Ángel Guerra, Realidad, Misericordia). Pero Galdós tiene un miedo constante a derivar hacia el anarquismo individualista, lo que le hace vacilar (Tristana) en ciertas novelas tratando de conciliar a ambas partes (Halma, La loca de la casa), pero  acaba finalmente evadiendo el conflicto (El caballero encantado, La razón de la sinrazón). Su escepticismo y desencanto, cada vez más profundo, le llevó a creer sólo en el individuo y en las soluciones individuales -amor, capacidad para el bien, caridad- pero Galdós no se resignó nunca a abandonar la realidad social en sus novelas.

Galdós advierte en esta época que tras las determinaciones que la sociedad impone al individuo, que tras los condicionamientos de la materia hay algo que no puede captarse a través de la mera observación positivista del mundo, porque ese algo escapa a toda determinación o condicionamiento (por ejemplo la relación de interdependencia que, a partir de cierto momento de la novela, se entabla entre Fortunata y Jacinta). Ante este tipo de fuerzas Galdós sólo tiene dos caminos: a intentar aprehenderlas en la novela renunciado al método naturalista, o ignorarlas totalmente. Galdós opta por lo segundo y descubre personajes como los de Miau, personajes que agonizan escindidos entre lo individual y lo social. Descubre -cosa que había intuido ya en Fortunata y Jacinta-  que esos condicionantes -herencias, familia, status económico-social, sociedad, etc.-, no bastan para explicar los actos humanos. La Incógnita es la constatación de esta insuficiencia. La mirada social, colectiva, externa, resulta ridículamente insuficiente para captar la personalidad humana; para esta mirada la realidad, la verdadera “realidad”, es una “incógnita”. Galdós buscará desde entonces las irreductibles raíces de la personalidad humana y descubre el dramático conflicto interior de los personajes individuales, hurgará en la psicología y en las contradicciones dela personalidad humana (el usurero de Torquemada o Benigna en Misericordia, por ejemplo).

Este cambio no es tanto una ruptura con el naturalismo como una superación lenta del mismo que se configura por un progresivo ahondamiento psicológico en el personaje; por una progresiva estilización de su realismo, por una introspección hacia lo subjetivo, por una cada vez mayor concentración de la novela en torno a un eje: el yo del personaje. A  partir de ahora la obsesión de Galdós se cifra en la pregunta:  ¿Cómo vivir?. Ha descubierto el yo, y ha descubierto que sus aspiraciones están  muchas veces en pugna con la sociedad, en contradicción con ella, que limita, que insatisface, que coarta al yo no en lo que tiene de caprichoso, de dañino, sino en lo que tiene de más generoso. Así ocurre con Nazarín y con Benigna, por ejemplo.

¿Qué hacer, entonces? ¿Cómo vivir? ¿Hay que resignarse? ¿Hay que romper con la sociedad? ¿Hay que buscar una conciliación? Estas son una y otra vez las preguntas que intenta responder Galdós. Pero aún hay más: lanzado por este camino, Galdós tiene que romper con los moldes, que se le han quedado estrechos, de su novela, y ello lo hace en un estallido triple. E1 molde naturalista de Lo prohibido salta al tratar de saber qué es lo que hay detrás de la muerte. Y entonces escribe su única novela epistolar (La incógnita), su primera novela dialogada (Realidad) y el primer drama que estrena (Realidad). Se inicia una etapa de experimentación novelística: la novela diálogo la continuará en E1 abuelo, se interesará cada vez más por el teatro, resucitará los Episodios Nacionales, abordará la novela de aventuras con El caballero encantado, etc.

 

La “filosofía del amor”

En las novelas de este último periodo el individuo, el yo, intentará siempre proyectar sus valores sobre la realidad. Pero a diferencia de las etapas anteriores, el héroe espiritualista[1] galdosiano sabe muchas veces que ese intento de “yoizar” la realidad le va a costar golpes brutales o que resultará estéril (Benigna o Ángel Guerra, por ejemplo). El amor se convierte, así, en el último recurso galdosiano para expresar la supremacía del “yo” sobre la sociedad.

Aquí se cierra el círculo narrativo de Galdós, abarcando todo un periodo social e histórico de España:

(1) con el realismo -proceso de toma de poder y consolidación burguesa- Galdós expresa el conflicto “yo”-sociedad y la necesidad de la armonía final: no hay más solución que la mutua adaptación, el pacto, la integración social aún a costa de aspiraciones personales.

(2) con el naturalismo -primera crisis de valores de la burguesía en el poder- dicho pacto empieza a romperse, se manifiesta.

(3) con el espiritualismo -desarrollo capitalista, monopolios de capital, despersonalización de las relaciones humanas, etc.- se expresa de modo cada vez más nítido la desesperación del individuo en la sociedad. Locura, suicidio, anarquismo caótico, etc., son las sombras que entrevé Galdós en el horizonte. En consecuencia, la protesta del yo irá en aumento, se radicalizará. La alienación humana a la que conduce la sociedad capitalista acaba imposibilitando el pacto: el “amor” aparece como única tabla de salvación individual.

Basándose en las corrientes filosóficas irracionalistas y en la tradición cristiana -no católica- el amor en el plano individual se derramará en el plano social en un intento desesperado por mantener la relación entre lo individual y lo colectivo. El amor como único elemento capaz de modificar la realidad social.

Consecuentemente, el héroe naturalista, que se forma a si mismo y desea dominar la realidad, da paso al espiritualista: con un claro paralelismo en D. Quijote, Cristo, etc., estos personajes no luchan en nombre de principios políticos o sociales, sino que luchan consigo mismos para purificarse mediante la aceptación de la realidad. Ello le conduce al dolor y, por fin, al descubrimiento del espíritu y la felicidad individual. Se trata, evidentemente, de una religión o una utopía, más que de un programa social; un reflejo del idealismo irracionalista de la última etapa de Galdós. Benigna es el personaje que mejor encarna este ideal galdosiano de amor y caridad: ella realiza de modo práctico el ideal del amor humano, la fraternidad, viviendo del todo al margen de los preceptos sociales en un mundo de valores éticos personales.

En todas estas novelas el conflicto entre yo y sociedad se funde con el de realidad-imaginación. La imaginación se convierte en potencia individual frente a la realidad social: la imaginación conduce a nuevas realidades personales, soñadas, imaginadas, inventadas. La imaginación es, pues, libertad: los héroes espiritualistas se sienten libres porque imaginan continuamente (imaginación entendida como mecanismo de reforma social, nunca como escape de esa realidad). Benigna vuelve a encarnar el ideal de la imaginación: ella es quien, mediante su imaginación, inventa la justicia, consigue el dinero necesario, lo distribuye (inventándose un personaje -el cura don Romualdo- que acaba por convertirse en real). Ni la observación realista ni la descripción naturalista bastan ya. Hay que contar con lo irracional: amor, imaginación, libertad personal, etc., como única propuesta de futuro social.[2]

Ideológicamente, Galdós evoluciona durante estos años rechazando su actitud pasada, negando rotundamente el sistema estatal de la Restauración y de la Regencia de la falsa España, el Estado, opresiva y explotadora de la nación. Así, la cuarta serie de los Episodios Nacionales aporta una asombrosa aproximación a la realidad del pueblo español, al que constituye en esperanza del futuro. Un pueblo que aparece aquí como la gran masa de todos los vencidos, desheredados y explotados frente a sus opresores, que lo son el tradicionalismo bajo la dirección de la Iglesia y la burguesía liberal, enriquecida por el desarrollo industrial y la desamortización y representada por una minoría liberal-conservadora, dirigente de la política nacional. Llega incluso a aceptar la lucha de clases, aunque bordeándola en lo posible, deformándola al mirarla de acuerdo con los aspectos más románticos y más místicos,  tratando de buscar soluciones que se ajusten en lo posible a su irrenunciable humanitarismo liberal. Con este espíritu se enfrenta a un período falto de acontecimientos épicos, por lo que se centra en la vida cotidiana, en la historia interna de la sociedad  No son los grandes sucesos históricos lo que ahora importan, sino el modo de vivir la historia por parte de los hombres. Galdós se interesa ahora en esa historia sorda, opaca, de la existencia diaria. Es lo que Galdós llama historia “integral”, la hecha por el pueblo con sus miserias y sus virtudes, sus dichos, etc.[3]

En 1906 Galdós comienza a militar en el Partido Republicano y con él entra en una conjunción política de izquierdas: le resulta tan evidente el mal funcionamiento del modelo social burgués en España que se ve forzado a tomar partido, pero de modo bastante personal: predicó la no violencia frente a la corona, la solución de los problemas sociales con el amor y la caridad, exaltó al “pueblo” de forma romántica. En definitiva, un republicano que era incrédulo respecto a la eficacia de la acción política de los partidos. Su única y verdadera creencia residía en la capacidad de amor e imaginación del individuo. Su republicanismo fue un “mal menor” frente a las otras opciones posibles.

Consecuentemente, desde 1898 Galdós expresa en sus textos el descrédito de la realidad: deja, así, de escribir novelas contemporáneas. Sus últimas novelas son ya ajenas a la realidad contemporánea de España; en realidad tienen ya muy poco de novelas. El caballero encantado o La razón de la sinrazón son libros pedagógicos, expositivos de una utopía para España [4]. en ellos lo fantástico y lo mitológico invaden el ámbito de lo real abiertamente Su interés se centrará progresivamente en el teatro: se consuma así su ruptura con la novela, el género literario burgués por excelencia a lo largo de toda la segunda mitad del s. XIX en España. Personalmente, Galdós ha culminado todo su proyecto narrativo: desde la historia llegó al mito (novelas abstractas), saltando por una realidad que le hace infeliz (naturalismo) y abriéndose al ensueño imaginativo, las utopías y el providencialismo del “yo” singularizado (espiritualismo).



[1] El término “espiritualista” es usado por el propio Galdós en Fortunata y Jacinta: así, por ejemplo, el cap. VI de la parte III de esta novela se titula “Naturalismo espiritual”.

[2] La crítica ha visto claras relaciones entre este “evangelio utópico” del último Galdós y autores como Tolstoi.

[3] Resulta evidente el paralelismo entre la “historia integral” galdosiana y la “intrahistoria” de Unamuno.

[4] Hasta en estos últimos textos de Galdós  aparecen escuelas, fábricas, etc.: en realidad Galdós nunca pudo abandonar sus esperanzas regeneradoras de España. Tolstoi da un paso más al reducirse en una postura evangélica o mesiánica. Unamuno, por su parte, elude toda referencia a datos positivos y llena sus novelas de una sustancia meramente espiritual, inmaterial (Latía Tula, Niebla, San Manuel, etc.)

 

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