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NOVELA
Y BURGUESÍA EN ESPAÑA (1850-1868)
Cuando
nos referimos al prodigioso florecimiento literario
que, abarcando todos los géneros, se produjo en
España a lo largo de los siglos XVI y XVII, lo
denominamos “siglo de oro” de las letras en España.
Durante
el siglo XIX, y sobre todo en su segunda mitad,
asistimos en toda Europa a un nuevo ciclo en el que
las obras maestras de la literatura se acumulan con
fuerza desusada. Pero en este caso el impulso
corresponde por entero a una sola forma literaria:
la novela.
Ciertamente,
parece asombroso que en período tan reducido de
tiempo puedan surgir por todo el viejo continente
figuras literarias de envergadura tal como las de
Balzac, Stendhal, Flaubert o Zola en Francia;
Dickens en Inglaterra; Dostoievski y Tolstoi en
Rusia; Eça de Queiroz en Portugal; Verga en Italia;
Clarín y Galdós en España... No parece exagerado,
pues, hablar del siglo XIX como la edad de oro de la
novela europea.
¿Por
qué esa supremacía absoluta de la novela frente a
las demás posibilidades de expresión literaria?
Sin duda, una sociedad como la que da forma a las
naciones europeas en el siglo XIX, que asienta sus
cimientos la preponderancia de la burguesía, que
busca su respaldo en el liberalismo político, que
cree en la filosofía positiva, que rinde culto al
progreso científico, no podía encontrar mejor
expresión literaria. La novela decimonónica, la
novela por antonomasia, tras sus inicios como género
histórico en el período romántico, asiste durante
el resto del siglo a su definitiva consagración.
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Reminiscencias
románticas
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En
general, puede afirmarse que entre 1850 y 1868 la
narrativa española continúa con los modelos
novelescos desarrollados con el romanticismo. Así,
se siguen publicando: la novela popular de aventuras
-heredera de la novela histórica romántica-,
basada generalmente en hechos históricos pero
reducida con frecuencia a una sarta de peripecias
escasamente verosímiles. E1 género lo cultiva una
serie de autores de segunda o tercera fila como
Manuel Fernández y González, Torcuato Tárrago y
Maceos, Ramón Ortega y Frías, Enrique Pérez
Escrich... y su divulgación está íntimamente
ligada al empleo de unas particulares técnicas
editoriales, las del folletín y la entrega .
Otra
tendencia narrativa que se mantiene durante estos años
es la novela social: respaldada por los ideales del
socialismo utópico, esta forma novelesca se
introduce en España gracias a las muchas
traducciones del francés Eugène Sue, cuyas obras.
enfocan, desde la perspectiva mencionada, la vida en
los bajos fondos urbanos.
Sue
conoce en España un rabioso éxito, y sus obras más
divulgadas, Los
misterios de París y El
judío errante, se traducen en sucesivas
ocasiones y se reeditan continuamente. Arrastradas
por el éxito de este autor se traducen también en
estos años las obras de Alejandro Dumas o Víctor
Hugo y se produce una auténtica epidemia de
“Misterios” españoles que aparecen por
doquier.
No
obstante, la obra más representativa de esta
tendencia, que se prolonga hasta los primeros años
del siglo XX, es la que lleva por título María
o la hija de un jornalero, original del
escritor y editor Wenceslao Ayguals de Izco. E1 éxito
de esta descripción minuciosa y degradante de los más
bajos ambientes madrileños fue rotundo, y la novela
se imprimió repetidas veces, tanto en el original
español como en su traducción francesa.
La
voluntaria oposición a los argumentos cada vez más
audaces del socialismo novelesco y a los
subproductos de la novela de aventuras da origen a
otra concepción narrativa, centrada en la obra de
una sola autora: Cecilia Böhl de Faber (Morges,
Suiza., 1795-Sevilla,
1879), que utilizó como nombre literario el
de Fernán Caballero. Su primera obra, La Gaviota, ha sido señalada como crucial para la
trayectoria de la novela decimonónica española.
Curiosamente la novela se publicó por primera vez,
en 1849, como folletín.
En
Fernán Caballero se aúnan la ideología
conservadora y la práctica novelística. Autora y
obra han sido juzgadas desde posiciones ideológicas
opuestas, y en la mayor parte de las ocasiones se
les ha concedido una importancia que, restándole
esos enfoques extraliterarios, puede parece
desproporcionada. En sus novelas (La
Gaviota, Lágrimas,
La familia
de Alvareda, Clemencia),
Cecilia Böhl de Faber integra tres elementos:
·
Por
una parte, la ya mencionada ideología conservadora
o, quizá con mayor exactitud, antiprogresista Los
personajes caracterizados en sus obras como
liberales o demócratas son objeto de burla o
escarnio, mientras sus oponentes protagonistas (el
católico vehemente, el tradicionalista puro)
reciben el tratamiento de favor más descarado. Esta
concepción llega a originar un avance de lo que más
adelante constituirá la novela de tesis.
·
En
segundo lugar, el costumbrismo pintoresquista, cuyos
elementos más vistosos son los variadísimos
cuentos, romances o chascarrillos que la autora
intercala en sus novelas. Fernán Caballero gusta de
calificar a éstas como “de costumbres españolas”
(y, sobre todo, andaluzas), reconociendo además,
que para establecer el argumento -tan sencillo a
veces que parece tomado de los cuentos
tradicionales- y “la verdad de sus pormenores”,
sólo ha debido recopilar elementos folklóricos
como los antes mencionados e hilvanarlos
convenientemente hasta obtener el resultado final.
En cualquier caso, el regionalismo costumbrista así
conseguido será el que más tarde perfeccionen
autores como Pereda, Palacio Valdés o Vicente
Blasco Ibáñez.
·
Por
último, Fernán Caballero confiesa en sus obras
influencias de escritores extranjeros, y sobre todo
del francés Honoré de Balzac, defensor a ultranza,
como nuestra autora, del trono y el altar frente a
los cambios traídos por las nuevas ideologías. La
importancia de estas influencias, no obstante, se
encuentra más en las intenciones declaradas por
Cecilia Böhl de Faber que en 1a realidad de su
creación literaria.
De
la conjunción de estos elementos, Fernán Caballero
extrae una técnica narrativa propia, que constituye
un paso adelante con respecto a las tendencias novelísticas
entonces en boga. En las obras de Cecilia Böhl de
Faber aparecen recursos que preludian las tendencias
narrativas surgidas a continuación, pero que están
muy lejos de constituir a la autora hispano-suiza,
como se ha dicho, en su primer representante. La
novela realista española es fruto del radical
cambio en la visión del mundo que sigue en nuestro
país a la Revolución de 1868, y la obra de Fernán
Caballero, en todos los sentidos, es anterior a
ella.
Puede
decirse, de modo genérico, que, a partir del
costumbrismo y de determinados elementos técnicos
de la novela romántica, desde 1868 se sucederán en
España una serie de corrientes o tendencias
narrativas que, en conjunto, se conocen como
“Realismo”. Dichas tendencias giran siempre en
torno a un mismo y único eje: la descripción de la
realidad social de la España del momento a partir
de la evolución ideológica burguesa en sus
diferentes periodos hasta finales de siglo.
[1]
Las clases aristocráticas -cada vez
menos relevantes- y, sobre todo, la pujante
burguesía constituyen el público natural de la
novela realista. Frente a ello, las clases más
bajas acceden durante el siglo XIX al consumo de
novelas mediante la aparición y rapidísíina
difusión de una nueva técnica editorial: la
obra por entregas. Esta técnica supone, básicamente,
una distribución fragmentaria de obras con
arreglo a una periodicidad semanal, quincenal o
mensual. Su configuración sigue dos formas básicas:
·
El
folletín,
que se publicaba en la parte inferior de la hoja
de algún periódico, de modo que se pudiera
recortar para coleccionarlo hasta constituir una
novela.
·
Las
entregas
separadas, cuadernillos que se vendían junto al
ejemplar del periódico o revista y que también
llegaban a formar una novela. Algo muy similar
en su base a las actuales obras en fascículos.
Además,
los editores podían vender ya encuadernado un
volumen en el que se recogiera una obra
publicada anteriormente.
La
cantidad media de entregas necesarias para
confeccionar un volumen oscilaba entre 45 y 50,
aunque podía ser superior. EI precio habitual
de cada folleto era el de un real, pagadero en
el acto de la entrega. Este sistema editorial
llegó a configurarse como una industria que dio
trabajo a una verdadera “nómina de
autores”, casi todos auténticos creadores a
sueldo o a
destajo (muchos novelistas contrataban
los servicios de un taquígrafo o compartían su
trabajo Con otro escritor cuyo nombre no figuraría,
auténtico “proletario” de la literatura. EI
propio Vicente Blasco Ibáñez aseguraba que él
había desempeñado ocasionalmente ese papel).
De
este modo se hicieron famosos escritores españoles
-y no hablemos de los extranjeros, traducidos
por decenas- como los ya mencionados Fernández
y González (¡ autor de más de 170 obras!) y
Julio Nombela.
Los
temas preferidos por estos autores solían ser
los de la historia o las aventuras ambientadas
en determinados momentos históricos de fondo,
con un gusto especial hacia la ambientación
medieval y la época de los Austrias (EI cocinero de su majestad, de Fernández y González, o El
tribunal de la sangre, de Ortega y Frías,
fueron títulos conocidísimos) y la temática
social, cuyo principal representante en los años
centrales del siglo fue Ayguals de Izco (María
o la hija de un jornalero).
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