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NOVELA
REALISTA O NOVELA BURGUESA: la “novela de tesis”
Antes
de nada conviene precisar el significado del término
realismo aplicado al arte: copiar de la realidad sin
implicar en el proceso la propia sensibilidad parece
imposible. Incluso, siguiendo este camino, podemos
concluir que lo estrictamente real es difícilmente
artístico, según la concepción ya clásica de Menéndez
Pidal.
Haciendo
abstracción de estas salvedades, el concepto de
“literatura realista” se aplica generalmente a
aquella que trata de reproducir mediante sus obras
la vida tal como es. Y cuando esta noción literaria
se aplica al campo de la narrativa, es para
referirse a la novela del s. XIX (de la segunda
mitad del s. XIX en España más concretamente).
Su
apogeo coincide en Europa con el ascenso de la
burguesía al poder. Los componentes de esta clase
social son
quienes protagonizan la novela realista, quienes
fabrican -a veces en tiradas muy notables- los
libros en que aparece y quienes, en último término,
los compran para convenirse después en sus
lectores.
La
novela, en el s. XIX, es un arte para la burguesía:
la burguesía es, pues, el móvil y el destinatario
de la novela realista. Y los gustos burgueses no sólo
se imponen en la literatura, sino también en el
resto de las manifestaciones artísticas de la mente
humana. Así, la arquitectura realista o las artes
plásticas de este periodo.
EI
protagonismo que en todos los ámbitos caracteriza a
la clase burguesa determina su tajante rechazo del
espíritu romántico anterior y la adopción de un
modelo literario opuesto a la subjetividad y
efectismo románticos. ¿Qué características son
las que deben predominar en esta nueva concepción
literaria?. Stendhal, uno de los pioneros de la
narrativa realista francesa concebía la novela como
“un espejo que se pasea a lo largo del camino y va
reflejando aquello que encuentra, tanto lo elevado
como lo más sórdido, sin detenerse a juzgar su
moralidad o inmoralidad”. La objetividad
narrativa, la escritura como testimonio, es, pues,
intento principal del movimiento realista. Si este
objetivo se cumple o no, siempre puede discutirse;
pero lo indudable es que en él pretende fundarse la
novela de la segunda mitad del siglo XIX en España
y de él se desgajan algunos de sus rasgos
definitorios más específicos. Por ejemplo, los
variadísimos temas que trata, cercanos siempre a
las inquietudes del momento y sin muchas ansias
grandilocuentes o de trascendencia literaria. Desde
la política en la corte hasta el trabajo en la fábrica;
desde el caciquismo rural hasta la vida en los bajos
fondos urbanos; desde la infidelidad. conyugal hasta
los entresijos de la vida en el convento. Por
ejemplo, las técnicas narrativas más utilizadas:
el descriptivismo minucioso, que da cuenta del
entorno en que se desenvuelven los personajes y todo
lo referente a ellos mismos. La cuidada ambientación,
con frecuente preferencia hacia lo local. E1 nuevo
empleo del lenguaje, auxiliar inapreciable para
descripciones y caracterizaciones, etc.
Salvo
en Rusia, donde el apogeo de la novela realista (Dostoievski,
Tolstoï) es más tardío, las grandes obras del
movimiento surgen en toda Europa antes de 1860: el
francés Henri Beyle, que consagró el seudónimo
literario de Stendhal, publica Rojo
y Negro en 1830 y La
cartuja de Parma en 1839; cuando Balzac
muere, en 1850, deja aún inacabada su Comedia humana, compuesta por 85 novelas; Gustave Flaubert
publica Madame
Bovary en 1857; Dickens
en Inglaterra, da a la imprenta Oliver
Twist en 1838 y David
Copperfield en 1849.
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La
“novela realista” en España: “novela de
tesis”
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La
novela realista española es en el siglo XIX un caso
tardío. Las primeras obras que sin duda podemos
considerar como plenamente representativas del nuevo
género surgen ya iniciada la década de 1870. La
Revolución de Septiembre de 1868, La Gloriosa,
supone también el impulso inicial que marca un
nuevo rumbo en la novela española y, al mismo
tiempo, el hecho que le da personalidad propia
frente a la literatura realista vigente en el resto
de Europa. Porque la confrontación ideológica que
define nuestra novela en el último tercio del siglo
XIX no se hubiera producido -o, cuando menos, su
efecto hubiera sido notablemente menor- sin el
revulsivo de la Revolución de Septiembre.
En
los años siguientes a ella se produce una escisión
entre nuestros novelistas, que los divide en
partidarios de diferentes y opuestas tesis ideológicas
manifestadas bajo forma literaria. Los autores del
momento escriben sus obras enfocando la realidad
desde su propia concepción moral: Alarcón, Pereda
o el padre Coloma continúan la tendencia iniciada
en la prehistoria del realismo por Cecilia Böhl de
Faber (“Fernán Caballero”) y defienden en sus
novelas la tradición católica española. Frente a
ellos, Galdós, Clarín o Vicente Blasco Ibáñez se
erigen en partidarios del pensamiento liberal y no
clerical. En los cuatro autores que componen la que
puede llamarse primera generación realista, Alarcón,
Pereda, Galdós y Valera, sólo Alarcón, tras
iniciarse literariamente antes de la época a la que
nos venimos refiriendo, no sobrepasa esta etapa de
realismo de tesis; Pereda y Galdós (sobre todo este
último) superan este momento y Valera, hasta cierto
punto, queda al margen de tal comunión novelística.
Si
el realismo en
Francia puede darse por iniciado en la década
de los años 30, la novela realista española sólo
se impondrá con la Primera República y la
Restauración. A pesar de que los primeros esbozos
de Pereda sean anteriores en unos pocos años,
verdadero modelo realista no existe hasta Galdós.
Cabe hablar por consiguiente, de un cierto desfase
en la aparición de nuestro realismo. La aparición
de éste hay que vincularla -cronológicamente no
hay duda y desde el punto de vista ideológico
parece imposible negarlo-- al vacilante intento de
una revolución burguesa que, en un período de seis
años, destrona a Isabel II, forma un gobierno
provisional, establece una monarquía constitucional
con Amadeo de Saboya, proclama la República, vive
la reacción de golpe de Estado militar, regresa a
la monarquía borbónica e inicia una experiencia de
Régimen parlamentario. Durante el período
subsiguiente -Restauración, intento de estabilización
de la revolución burguesa-, el país accede a las
corrientes culturales europeas y demanda información
sobre si mismo: A este doble impulso va a responder
la novela realista española, cuyo primer período
puede situarse en la
década de los setenta. Hacia 1880 entramos
en la segunda fase, la del llamado
"naturalismo" español, aunque muchos de
los escritores realistas del momento no se sientan
afectados por él.
Hacia 1886, pero fundamentalmente
en 1a década de los 90, se abre paso la
tercera fase del realismo español, el
“espiritualismo”. Al final de esta década puede
darse por acabada la vigencia del modelo cultural
realista en España.
La
aparición del realismo en España es
inseparable de la novela tendenciosa (en
cuanto que
se enfoca la realidad desde determinada postura político-moral).
y, más tarde, de la novela de tesis; en cuanto que
el enfoque se hace explícito y la novela entera se
destina a mostrar algún a priori). Los realistas,
salvo Valera, empiezan su labor enfocando la
realidad desde las propias convicciones
morales y el resultado es perfectamente
evidente: novelas de buenos y malos. Para Galdós
los malos son los tradicionalistas, los moralistas,
los clericales; para Pereda éstos son precisamente
los buenos. En realidad, no se trata tanto de leas
como de pasiones, y el conflicto no se plantea a
nivel social sino sólo a nivel moral, religioso o
antirreligioso, o, mejor dicho, clerical o
anticlerical.
El
escándalo (1875) inicia el período de la
novela de tesis en España, donde se distinguen dos
clases de novelistas cuya diferencia no es la
aceptación o no del realismo, sino sus propios
principios morales. De un lado Alarcón Pereda,
Coloma y Pardo Bazán; de otro Clarín, Galdós
Palacio Valdés Blasco Ibáñez. Tanto unos
como otros toman como campo de batalla el problema
religioso, pero con un enfoque sorprendente: la
defensa de la religión que hacen los primeros nada
tiene que ver con la religión en sí misma; es más
bien la apología de una sociedad que tiende a
desaparecer tras la revolución. Vuelven nostálgicamente
la mirada hacia atrás, hacia la España del pasado,
hacia lo que ellos creen la verdadera España, pues
la surgida tras la revolución es producto
extranjero, ruptura de los valores inherentes a 1a
raza, entronización de unos modos de vida que no se
corresponden con nuestro modo de ser, que son
radicalmente negativos. Por ello buscan la España
eterna, de siempre, no en el pasado como los románticos,
sino en el campo, en las sociedades rurales donde el
tiempo se ha detenido y los males de la civilización
no han degradado la. vida. Lo malo llega de fuera,
es siempre extranjero, y arraiga en las ciudades. La
salvación está en la fe ciega, sencilla; pero en
los novelistas católicos
apenas mención de Cristo o del Evangelio: su
cristianismo es más nacionalismo que otra cosa. En
contraste con este pesimismo, los anticlericales están
llenos de esperanzas y de entusiasmo. Los héroes
novelescos trabajan para el futuro, luchan por una
nueva sociedad de fraternidad y justicia social. Los
escritores liberales no atacan la religión, sino el
simulacro de vida religiosa, la hipocresía, la
utilización de la religión por las fuerzas
inmovilistas. Los católicos de sus novelas carecen
de amplitud de miras y del sentido de la caridad.
Los personajes liberales en cambio son todo
generosidad y amplitud de espíritu. Se critica el
culto externo, pues el hombre, sugieren, no necesita
mediaciones para llegar a Dios. La iglesia, para
ellos, se alía al oscurantismo, al fanatismo, a la
perpetuación de unos intereses que explotan a 1a
nación y contra los que los nuevos héroes
(ingenieros, médicos, hombres de negocios
etc.) luchan. La novela liberal reivindica a
las minorías oprimidas. La educación es
considerada como el fundamento incondicional para
edificar una nueva España. Los novelistas
anticlericales se conciben a sí mismos como
misioneros, evangelizadores que llevan la luz allí
donde sólo existe la oscuridad y la podredumbre
moral. Se advierte, en suma, en ambos tipos de
novelas un utopismo, una actitud teológica según
la cual el hombre está en el mundo respondiendo a
un propósito superior.
Para
los novelistas católicos, todo lo que ocurre
responde a los designios de la Divina Providencia;
para los liberales, la historia lleva siempre
a un inevitable progreso hacia una sociedad más
perfecta. En la España de la Restauración unos y
otros reclaman un fin moral y didáctico para la
novela. En lo que difieren es en el tipo de
finalidad, clerical o anticlerical, y en el grado en
que ha de ser utilizada. A veces se ha distinguido
entre la novela de tesis y la novela de tendencia,
pero en ambos casos se trata de lo mismo en
sustancia: lo que ocurre no es inocente, sino que
lleva una carga demostrativa, sea ésta explícita o
no. Y esto es lo importante:
la novela del momento no se diferencia en católica
y no-católica, sino que se integra en novela de
tesis. Las tendencias ideológicas opuestas
coinciden en ser tendencias y su expresión novelística
es una y común: la novela de tesis.
Independiente
del trasfondo ideológico de cada autor, las
características narratológicas que definen la
llamada “novela de tesis” o novela realista son:
·
El
relato está protagonizado por el narrador: como tal
utiliza la trama argumental para apoyar, argumentar
o demostrar una determinada opinión o tesis
“apriorística” sobre algún aspecto de la
sociedad del momento. La novela es como un artículo
de prensa debido al trasfondo valorativo, de opinión,
que late en ella.
·
Debido
al modo de publicación (prensa) de muchas de estas
novelas, o simplemente para captar y mantener el
interés del lector son numerosas las técnicas
folletinescas utilizadas: situaciones llamativas o
climáticas, sucesión de constantes aventuras o
acontecimientos que alteran la trama, final de capítulo
“in media res”, etc.
·
El
relato tiene una clara estructura lineal. Los esporádico
saltos temporales hacia delante o atrás sólo
tienen la función de mostrar el poder y sabiduría
del narrador. En este sentido es tradicional el capítulo
retrospectivo en el que se nos informa del pasado de
algún personaje (incluyendo datos de dicho pasado
desconocidos por el propio personaje, lo que redunda
en el poder del narrador).
·
La
acción se estructura siempre entorno a: (1) un
protagonista que encarna los valores e ideales del
propio novelista -el “héroe burgués progresista
en unos casos y el conservador en otros- y (2) un
entorno social que resulta siempre hostil a dicho
protagonista. El conflicto surge al querer el
primero modificar al segundo o viceversa. La tensión
generada entre el “yo” burgués y la sociedad no
burguesa suele resolverse finalmente en un pacto
mutuo: nadie vence, pero nadie es finalmente
derrotado.
·
En
todo caso, frente al escapismo típicamente romántico,
el héroe realista no se refugia del presente en su
interioridad o en el pasado,
sino que, al contrario, desea conocer la
realidad y las causas del conflicto entre el
“yo” y esa realidad para poder finalmente
solucionarlo.
·
La
conducta de los personajes siempre se justifica por
los condicionamientos sociales y/o culturales de los
mismos (no se habla todavía de “determinismo”
como en la novela naturalista).
·
Los
personajes son “planos”, no evolucionan psicológicamente
a lo largo de la historia, son monolíticos de
principio a fin.
·
Los
personajes siempre tienen características simbólicas
de su propia personalidad : el nombre, los hábitos
adquiridos a partir de una determinada educación o
influencias, etc.
·
El
narrador carece totalmente de “objetividad” (a
pesar de que éste era uno de los elementos
definidores del relato realista según Sthendal, por
ejemplo). Se tiende a relatar desde un punto de
vista totalmente intervencionista (constantes pausas
narrativas y digresiones, valoraciones, opiniones
del narrador), totalmente omnisciente (el narrador
conoce mejor a los personajes que ellos mismos, no
participativo o contemplativo (narrador externo que
nunca es personaje de la historia contada),
fuertemente identificado con el protagonista y
distanciado de los antagonistas.
·
El
narrador suele ser “reflexivo”. Ello se
manifiesta mayoritariamente en las numerosas
alusiones al “lector” a lo largo del relato,
especialmente en los fragmentos más
intervencionistas (digresiones del narrador, pausas
narrativas)
·
Como
consecuencia del total control del narrador (= Dios,
lo que ya se daba en la novela romántica) sobre los
personajes, éstos carecen de la más mínima
autonomía a lo largo del relato: de ahí que sea
dominante el estilo indirecto en el relato. Como máximo
se utiliza el estilo directo en algunos pasajes. El
proceso liberador de los personajes frente al
narrador dará sus primeros pasos con la novela
naturalista.
·
Los
espacios narrativos tienden a ser caracterizados de
forma simbólica. Al igual que los personajes, el
espacio es una mera encarnación o materialización
de determinados valores e ideales que subyacen
siempre a la novela.
·
El
principio de selección temporal rige este tipo de
novelas: no se suele contar todo a lo largo de todos
los días que transcurren entre el principio y el
final de la historia, sino que el narrador escoge
los momentos -discontinuos- que le interesan, los
que resultan más representativos.
·
Por
último, las novelas de tesis adolecen por completo
del más mínimo sentido del humor. No será hasta
los años 80 (Naturalismo) cuando el narrador tienda
a incluir en su relato elementos como la ironía o
el sarcasmo. Las novelas de tesis son, en este
sentido, demasiado “explícitas” ideológicamente
hablando.
En
definitiva, la “novela de tesis”, desarrollada
después de la Revolución de 1868 en España
obedece al tipo de escritor de este momento histórico
en concreto: un escritor consciente de su “misión”
social que se decanta por una idea determinada de
España. El escritor, desde su firme individualismo,
desea generar ideas nuevas o reafirmar las
tradicionales para que la comunidad social,
encabezada por la burguesía, progrese. La novela
expresa la posibilidad de solución cuando el
individuo entra en conflicto con el entorno social.
La
“novela de tesis” o “novela realista”, pues,
no muestra más que visiones subjetivadas -poco
realistas u objetivas, por tanto- de la realidad,
tendiendo al panfletarismo ideológico y al
didactismo moral. El novelista desea “dotar a la
materia de un ideal” (lo que de algún modo también
ocurría con el costumbrismo). No es de extrañar
que los temas tratados en ellas son los más
candentes en la España del momento: la cuestión
religiosa, la educación, las libertades civiles, el
nacionalismo, el ejército, las relaciones sociales,
la familia, el progreso económico, etc.
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