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NOVELISTAS “REALISTAS” ESPAÑOLES

 

Pedro Antonio de Alarcón: postromanticismo y novela de tesis

La obra literaria de Pedro Antonio de Alarcón (Guadix, Granada, 1833-Valdemoro, Madrid, 1891), como su propia vida, está marcada por la evolución desde unas creencias y modos de manifestarlas a otros.

Ideológicamente, pasó de un liberalismo exaltado a un conservadurismo a ultranza. Literariamente, su obra oscila entre un encuadre todavía cercano al romanticismo y un posterior emplazamiento en la novela realista sustentadora de tesis afines a su pensamiento político.

A la primera de estas etapas corresponden su temprana novela EI final de Norma, algunas de las narraciones incluidas en sus recopilaciones de relatos breves -publicadas muy posteriormente a su redacción inicial-: Cuentos amatorios, Historietas nacionales, Narraciones inverosímiles, y, en parte, sus crónicas de viaje,: Diario de un testigo de la Guerra de África, De Madrid a Nápoles y La Alpujarra.

 Mención aparte debe hacerse de sus dos novelas breves El sombrero de tres picos, recreación del tema del corregidor y la molinera en un relato magnífico.

La aportación del novelista granadino a la narrativa realista de tesis debe fijarse en sus tres últimas novelas, cuya extensión es mucho mayor que la de relatos anteriores: El escándalo, EI niño de la bola y La Pródiga. A pesar de que en ellas todavía se manifiestan -aunque en cantidad decreciente- elementos de clara ascendencia romántica, lo fundamental es que en estas novelas Alarcón pone su arte narrativo al servicio de los ideales tradicionalistas católicos, cuya hegemonía estaba seriamente amenazada desde la Revolución de 1868, hecho que nuestro autor supo calibrar con exactitud.

Sus escritos fueron siempre acogidos con entusiasmo por los lectores, lo que le permitió vivir holgadamente de sus derechos de autor.

 

Pereda: del realismo de tesis a la novela regional.

José María de Pereda (Polanco, Cantabria, 1833) cubre un panorama literario más amplio que el de Alarcón. Tras iniciarse en el costumbrismo, género al que supo librar de su inmovilidad descriptiva (con sus Escenas Montañesas  o sus Tipos y paisajes), llega a la novela de tesis con Los hombres de pro, publicada en 1872. El enfrentamiento político, moral e incluso regional que configura esta obra -en la que su autor toma partido ferviente por la mediocridad y el apoliticismo provincianos- es el primer paso para el tratamiento que después da a la confrontación social en El buey suelto, política en

Don Gonzalo González de la Gonzalera y religiosa en De tal palo, tal astilla En todas ellas, Pereda defiende las ideas tradicionales, conservadoras y católicas, oponiéndose con frecuencia al pensamiento contrario expuesto por Galdós en algunas de sus novelas. Así, Los hombres de pro es una reacción ante La Fontana de Oro galdosiana; De tal palo, tal astilla, por su parte, fue escrita como respuesta a Gloria, también de Benito Pérez Galdós.

Pero el escritor montañés no se detiene en esta etapa novelesca, ideológicamente doctrinaria y agresiva. A partir de El sabor de la tierruca, en 1882, Pereda deriva hacia una visión literaria más propia, que algunos han denominado “realismo regional”. Esta nueva concepción narrativa, si no exenta siempre de contenidos ideológicos, al menos deja de manifestar un enfrentamiento perpetuo y radical con las concepciones no afines a su autor. E1 Pereda más característico se nos muestra en las obras que siguen a la ya mencionada novela, y constituyen (excepción hecha de Pedro Sánchez, ambientada en el Madrid que Pereda conoció 31 años antes) un vasto mosaico de la vida en su región de origen: Sotileza, la “epopeya del mar”; La puchera, donde la narración supera ya con mucho lo simplemente costumbrista, de ambiente montañés y marinero; Peñas arriba, en la que tipos populares y personajes de probada hidalguía se funden para glorificar a la montaña cántabra.

Durante todo este período, la confrontación ideológica sólo se muestra con vigor en La Montálvez, obra literariamente no muy cuajada, pero cuya publicación originó una descabellada polémica acerca del determinismo materialista presente en ella. Consecuencia suya fue, hasta cierto punto, la aparición de Pequeñeces, novela escrita por el padre Luis Coloma, en la que la corrupción de la alta sociedad madrileña, relatada por Pereda en La Montálvez, le sirve al jesuita para presentar a su orden como elemento cauterizador.

Pereda obtuvo en vida el reconocimiento de un público lector fiel a su obra y el apoyo de la crítica, incluso de aquella procedente del bando ideológicamente opuesto. E1 propio Galdós, Emilia Pardo Bazán o Clarín, que sostenían ideales políticos y literarios muy distintos, apoyaron casi sin reserva al escritor montañés.

 

El idealismo de Juan Valera

Juan Valera (Cabra, Córdoba, 1826-Madrid, 1905), el mayor de los escritores de esta primera generación realista, ha sido situado a menudo en un plano estético, literario e ideológico diferente del de sus coetáneos. Hasta tal punto que la crítica ha llegado a tildarle de auténtica “anomalía literaria”.

Su vida ajetreada y socialmente brillante (diplomático por toda Europa y en América, diputado en Cortes, alto cargo de la Administración del Estado...) no le impidió una continua dedicación a la crítica literaria y al ensayo, que lo llevaron a la Real Academia de la Lengua en 1861.

La aplicación de Valera a narrativa no llega hasta 1874, cuando estaba ya cerca de cumplir los 50 años. Pero, llegado ese momento, en pocos años publica cinco novelas: Pepita Jiménez, Las ilusiones del doctor Faustino, Pasarse de listo, El comendador Mendoza y Doña Luz. Todas ellas, de forma casi unánime, han sido juzgadas como ajenas al realismo imperante y calificadas de idealistas.

Tal valoración es apropiada, pero sólo si la tomamos en el sentido de fijarse más en la pintura de estados de ánimo -especialmente aplicada a las figuras femeninas creadas por el cordobés- que en la descripción minuciosa del universo en que se mueven los personajes.

Es difícil saber si Valera hubiera continuado cultivando la novela en el caso de que su Pepita Jiménez no hubiese constituido un rotundo éxito, inesperado incluso para su propio autor. Lo cierto es que la altura narrativa alcanzada por la novela, cuyo argumento, expuesto en forma epistolar, trata de la inclinación amorosa que un joven seminarista, Luis de Vargas, siente por la viuda Pepita Jiménez, no se repite en el resto de las novelas mencionadas, que siempre plasman el intento de Valera por conciliar ideales opuestos.

 La novelística de Juan Valera no acaba con estas creaciones, publicadas todas en los años setenta. Tras un  intervalo de 20 años, el aristócrata andaluz vuelve a la narración para ofrecernos, ya, cumplidos los 70 años, otras tres novelas: Juanita la Larga, Genio y figura y Morsamor.

 

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