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LA NOVELA CONTEMPORÁNEA ESPAÑOLA

Durante el priodo que va desde finales del s. XIX hasta la Guerra civil (1936-39) se dan en el panorama de la narrativa española dos grandes tendencias:

La continuadora del realismo o del naturalismo del s. XIX, con derivaciones hacia los temas costumbristas, sociales, eróticos, etc. Fue una tendencia que quedó paulatinamente desfasada.

La renovadora, marcada por la voluntad de ruptura con el realismo y el naturalismo y unida a los grandes movimientos culturales de la época: Modernismo y Noventayochismo (primeros años del s. XX), Novecentismo y Vanguardias (años 20) y compromiso social (años 30).

Pervivencia y declive de la novela realista

Fueron bastante numerosos (y algunos de ellos con bastante éxito) los novelistas que siguieron el modelo narrativo burgués del s. XIX desde los primeros años del s. XX. Podrrían destacarse las siguientes corrientes:

Los novelistas supervivientes del s. XIX (Emilia Pardo Bazán, Armando Palacio Valdés o Vicente Blasco Ibáñez) que, por lo general, eran considerados todavía como "maestros" en el arte de novelar.

Línea costumbrista. Por lo general, este tipo de novela es de escaso valor. Representaba la continuación de las viejas técnicas narrativas de la "novela de tesis" realista (estructura de "folletín", etc.) y se limitaba temáticamente a la descripción de la vida y costumbres de determinados sectores sociales (los estudiantes, camapesinos, etc.) desde posturas ideológicas bastante conservadoras y folkloristas. Concha Espina y Ricardo León fueron sus mejores representantes.

Línea social. Era un tipo de novela con muchos puntos de contacto con el género periodístico del reportaje. Se trataban temas de actualidad social en la época (la política colonial, la guerra de Cuba, etc.)

Línea erótica. A pesar de escasa relevancia literaria, éste tipo de novelas tuvieron gran éxito social. Eran novelas basadas en la crudeza de las escenas y en problemáticas de tipo sexual básicamente. Destacaron Eduardo Zamacois y Felipe Trigo (Jarrapellejos, 1914). Estas novelas solían publicarse en forma de colecciones como El cuento semanal o Los contemporáneos.

La ruptura con el realismo

Como hemos dicho antes, la narrativa española de corte anti-realista evoluciona durante esta época de forma estrechamente relacionada con las grandes corrientes artísticas del momento. De ahí que podamos hablar de cinco grandes tipos de novela que se suceden cronológicamente hasta el estallido de la guerra civil española:

               Novela modernista: Valle-Inclán.

               Novela noventayochista: Unamuno, "Azorín" y Pío Baroja.

               Novela novecentista. Pérez de Ayala y otros.

               Novela vanguardista: Ramón Gómez de la Serna.

               Novela de compromiso social.

En líneas generales suele afirmarse que el desarrollo de la segunda (en sintonía con las tendencias narrativas del resto de Europa) se produjo de forma paralela al declive de la primera.

El modelo novelístico realista-burgués nacido en la segunda mitad del s. XIX puede darse por liquidado en España al finalizar, en definitiva, la época contemporánea.

La novela modernista

Aunque el Modernismo se manifestó en literatura sobre todo en poesía, también hay ejemplos de novela. Entre ellos destaca Vall-Inclan (en los inicios de su obra literaria).

Valle-Inclán

Hay que destacar en él dos aspectos importantes:

El violento inconformismo que manifestó hacia la sociedad de su época. Ello convertirá a este escritor en ejemplo perfecto de la "bohemia" (todo era en él extravagante, llamativo y excéntrico -su modo de vestir, su conducta, etc.-; todo era en suma premeditadamente  antiburgués).

El espíritu innovador y rupturista hacia el realismo burgués como manifestación estética. Ello se traduce en una trayectoria literaria marcada por dos estilos simultáneos que tienen en común su anti-realismo: la modernista y la esperpéntica.

Aunque la parte más importante de su obra literaria es la teatral, Valle fue también un novelista de relevancia en su época. Sus primeros relatos son Femeninas (1895), Jardín Umbrío, Flor de santidad, y sobre todo las cuatro Sonatas (1902-1905).

Este conjunto de narraciones gira en torno a su Galicia natal, pero dicho espacio está visto desde una perspectiva mítica.

Las Sonatas (Sonata de otoño (1902), Sonata de estío (1903), Sonata de primavera (1904) y Sonata de invierno (1905) parecen, en realidad, un único relato protagonizado por el personaje del Marqués de Bradomín. Dicho personaje nos cuenta sus aventuras erótico-amorosas, a veces fuera de todo sentido moral burgués, con tonos decadentes, nostálgicos, sentimentales y románticos. La acción suele acontecer en ámbitos aristocráticos y elegantes, con bastantes alusiones a elementos religiosos y satánicos.  En definitiva, se trata de narraciones donde se nos muestra la actitud evasiva propia del artista modernista: huir del presente para refugiarse en otros mundos irreales e idealizados.

Pero lo más destacable de estas novelas son sus aspectos técnicos y formales:

Apenas hay desarrollo narrativo. La acción es escasa.

El tipo de lenguaje (evocador, sugerente y musical) tiene una importancia fundamental. El léxico es arcaizante y reiterativo.

Influencias simbolistas: uso de elementos simbólicos a lo largo de toda la narración.

Influencias del Decadentismo italiano: tendencia a evocar lo que es bello y enfermizo a la vez: lo hermoso que está a punto de morir o desaparecer (mujeres enfermizas, palacios casi derruidos, etc.)

Tras este conjunto de novelas, Valle escribe otras que sólo aparentemente parecen cambiar: la trilogía titulada La guerra carlista (1908-1909), formada por Los cruzados de la causa, El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño. En ellas, Valle abandona el mundo de su Galicia natal para tratar temas mucho más cercanos en el tiempo (pocos años antes el fenómeno carlista estaba aún vigente en la política española).

Las tres novelas se basan en el enfrentamiento entre una sociedad arcaica y rural con otra burguesa, liberal y capitalista. En suma, los valores del pasado frente a los del presente. La actitud mitificadora que Valle guarda respecto al carlismo es en el fondo una nueva huida del presente: frente al materialismo y la mediocridad de la España de su época, Valle se refugia de nuevo, pero esta vez en los valores tradicionales asumidos por aquella tendencia política del S. XIX).

La misma actitud de huida del presente y de repulsa por todo lo burgués justificará mucho después su afiliación al Partido Comunista. Admiró al final de su vida a Lenin y a Mussolini (el comunismo y el fascismo) por ser ambos radicalmente anti-burgueses.

De forma paralela a la veta modernista, se da en Valle otro tipo de literatura: el "esperpento", según denominación del propio autor. Si el Modernismo supone en Valle un conjunto de obras literarias de signo mítico y aristocrático, lo "esperpéntico" supondrá una deformación total de la realidad. En definitiva, tanto uno como otro tipo de obra literaria es en Valle un síntoma clarísimo de anti-realismo y anti-aburguesamiento en todos los niveles.

LA NOVELA NOVENTAYOCHISTA

De forma paralela al Modernismo (ambos movimientos son coetáneos), el "espíritu" o "generación" del 98 también tuvo incidencia en el desarrollo de la narrativa española.

Si el poeta del grupo fue A. Machado y el dramaturgo Valle-Inclán, los novelistas más importantes fueron "Azorín", Pío Baroja y Miguel de Unamuno.

Los tres autores coinciden en la necesidad de renovar la novela española mediante la superación del realismo burgués decimonónico. En ese sentido, su obra narrativa coincide plenamente en ser estéticamente anti-realista y en traducir dicho anti-realismo en un profundo subjetivismo.

Por otra parte también coinciden en que sus respectivas concepciones de la novela como género literario están muy relacionadas con otras tantas corrientes o tendencias artísticas y filosóficas de la época. Como veremos, el concepto que tiene "Azorín" de la narrativa está totalmente teñido de impresionismo; el de Baroja lo está de un individualismo vitalista; el de Unamuno, finalmente, es un claro precedente de lo que más tarde se llamó en Europa "Existencialismo".

Cronológicamente, la novela contemporánea española comienza en 1902, año en que se publican una serie de novelas innovadoras intentan superar a su manera el realismo de la segunda mitad del s. XIX. Es, pues, un año clave en la evolución de la novela española. Aparecen Camino de perfección de Baroja, Sonata de otoño de Valle-Inclán, Amor y pedagogía de Unamuno y La voluntad de "Azorín".

La novela española comenzará, así, a renovarse y a salir del estancamiento de la "novela burguesa" de finales del siglo XIX. Las cuatro novelas citadas comparten un mismo tipo de protagonista egoísta y desilusionado, escéptico e individualista, que simboliza la crisis de la España de la época.

Curiosamente, esta novelas pasaron inadvertidas debido al gusto aún imperante por Galdós, Pardo Bazán, Blasco Ibáñez, etc

"Azorín"

Fue crítico literario durante más de 60 años, lo que hace que su obra literaria se base mayoritariamente en el ENSAYO y no en la novela. Tanto en uno como en otro género, su gran preocupación fue el modo de aprehender la realidad (o sea, captarla, analizarla y entenderla). Como crítico, "Azorín" cree en un arte intemporal, eterno. Las variaciones estilísticas son sólo circunstanciales, según él. De ahí que su método básico consista en comparar dos autores diferentes en base a palabras de otro escritor determinado, buscar los parentescos, in­fluencias de unos autores en otros, etc.

Sus 1os  libros importantes son La ruta de Don Quijote, Los pueblos y Al margen de los clásicos. En ellos ya se manifiesta un estilo claramente impresionista, fragmentario y con especial interés por el detalle y el matiz. La evocación (recuerdos) suele ser el tono dominante en ellos y el tiempo una de las preocupaciones mayores: el momento fugaz en el transcurso del tiempo y lo eterno de esos momentos instantáneos.

Lecturas españolas fue un libro encabezados con prefacios y citas iniciales de escritores emblemáticos: Larra, Cadalso y J. Costa. Es un libro de búsqueda de la esencialidad española (Ganivet, Maeztu, etc., hicieron lo mismo) para superar la crisis.

Su obra literaria de creación se compone de varias novelas: La voluntad (novela y teoría de la novela a la vez) es una novela impresio­nista y fragmentaria (con una clara influencia de los hermanos Goncourt), sin un hilo narrativo percep­tible (sucesión de "fotos" fijas de personajes, paisajes, etc.). Esta novela se continúa con  otras dos: Las confesiones de un pe­queño filósofo y Antonio Azorín (de donde tomó su famoso pseudó­nimo). Son tres novelas de trasfondo autobiográfico.

Más tarde escribe El caballero inactual, novela "experimental", hasta cierto punto vanguardista; El libro de Le­vante, novela antes titulada Superrealismo y calificada por "Azorín" de "pre-novela". Tras la Guerra Civil escribe El enfermo, La isla sin aurora, Capricho, El escritor, etc.

Además de novelista, escribió obras de teatro como Old Spain y La guerrilla. Son obras de negación de la rea­lidad hasta extremos claramente surrealistas. Brandy, mucho brandy, Comedia del arte, etc.

La narrativa de "Azorín" está presidida, en buena parte, por una radical desconfianza en la realidad de las cosas que nos rodean, del mundo que habitamos. Ello hace que "Azorín" se aferre al único asidero posible: las apariencias, las imágenes (aunque sepa que és­tas son meros efectos de la luz). Lógicamente, el modelo narrativo más coherente para este pensamiento azoriniano es el impresionista de los hermanos Goncourt (novelistas franceses de la época).

Los Goncourt inician la narrativa impresionista en Francia, que evolucionará durante unos 50 años hasta desembocar en PROUST (En busca del tiempo perdido). El impresionismo literario español comienza, pues, con los primeros escritos de "Azorín".

El impresionismo es una de las primeras fases de la disolución de la novela burguesa a lo largo del s. XX. Pero es también su complemento: el impresionismo es capaz de captar los mí­nimos detalles de la "realidad" (tal como pretendía el Realismo de­cimonónico); pero ahora se añade también el elemento temporal instantáneo. La diferencia básica reside en la fábula, en el argumento: el impresionismo narrativo destruye todo tipo de hilo narrativo, toda lógica actancial queda atomizada, fragmentada; mientras, el realismo pretendía, más bien, todo lo contrario... La novela del XIX  es "actancial". Galdós, etc., creen en la acción, no pueden prescindir de ella. Igual que los novelistas, los protagonistas están actuando, de un modo u otro, constantemente, para transformar la realidad social. La novela -el arte burgués en gene­ral- del XIX pretende, en último término ser "el espejo que se pasea por el camino" (Stendhal, Rojo y Negro). El Modernismo por una parte y la Generación del 98 por otra criticaron profun­damente esta concepción artística como una "quimera" burguesa más...

Además, a finales del XIX y principios del XX aparecen nuevos medios de comunicación y expresión: la fotografía, desarrollo del cine y de la prensa, etc., que van a influir en la renovación cultural de la época. Esta crisis definitiva de la novela burguesa del XIX fue reflejo de los condicionamientos sociales del momento: a finales del XIX y comienzos del XX se produce el cambio de una economía de libre competencia a otra de monopolios. Ello entraña una desintegra­ción del individualismo burgués. En la novela, pasamos del héroe problemático del XIX al héroe que se auto-aniquila, se disuelve a principios del s. XX: desde la bohemia (Valle-Inclán y su Max Estre­lla en Luces de Bohemia)) a otros tipos de auto-marginación (los protagonistas de La vo­luntad de "Azorín", El árbol de la ciencia o Camino de perfección de Baroja, Niebla de Unamuno o el Bradomín de Valle-Inclán).

Desde ese planteamiento, la obra esperpéntica de Valle-Inclán sería una "matemática perfecta" que somete a los "escombros" de la sociedad a una estética rigurosamente deformativa. De ahí, también esos típicos finales desoladores de Baroja (nihilismo relacionado con Schopenhauer). Finales trágicos, nihilistas, que Baroja intenta compensar con el ideal de la acción (el vitalismo de Nietzscha) que impera en sus novelas, en su "caos" estructural (inclusión de rela­tos, etc., dentro de la narración principal y de otros elementos distorsionantes del hilo narrativo principal). "Caos" que intenta imitar a la vida...

Pero, volviendo a "Azorín", pude decirse que su concepto y práctica de la novela impresionista (también llamada "novela lírica") se caracteriza por:

Estilo "asindético". Fragmentarismo estructural: la novela como un "collage" de materiales diversos.

Voluntad de impresionar la sensibilidad antes que a la razón.

Frases rápidas que aspiran a la inmediatez fotográfica.

Supresión  los nexos gramaticales subordinantes.

Valoración y uso de las categorías gramaticales localizadoras: adverbios, preposiciones y artículos.

Uso del "ante-presente", mostrando el resultado inmediato de la acción en una fotografía ya tomada y ya revelada.

Amplitud de sensaciones: visuales, etc. Riqueza colorista. Dominio absoluto del adjetivo.

Profusión de puntos suspensivos en los diálogos (representativos del silencio, es decir, del contra-lenguaje).

Profusión interrogativa y exclamativa.

En definitiva, el de "Azorín" parece más un arte antinarrativo, "presentativo" (no "representativo") basado en la total descomposición (no composición) y en su fijación temporal, instantánea y perdu­rable a la vez.

Pío Baroja

 El primer dato que interesa en su biografía como escritor es que acabó sus estudios de medicina en Valencia con una tesis titulada "El dolor: estudio psicofísico" (1893).

Desde 1895 publica artículos sobre novelistas rusos y franceses. En 1900 ya ha publicado diversos cuentos. La publicación de su novela La casa de Aizgorri  fue un fracaso absoluto. Escribe (como integrante del "Grupo de los 3", germen de la llamada "Generación del 98") en la revista Juventud desde 1901. Publica más novelas: El mayorazgo de Labraz, Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox y Camino de perfección (hacia 1902), El mundo es ansí. Zalacaín el aventurero (1909) es su primer éxito comercial importante. Dicha novela fue versioneada cinematográficamente en 1926 (aceptando Baroja un pequeño papel en dicho film).

Escribió más de 60 novelas con una tendencia a la agrupación en "trilogías".

Ideológicamente evoluciona a lo largo de su vida desde unos inicios anarquistas hasta la germanofilia durante la I Guera Mundial. Del nihilismo inicial y anarquizante hasta la abierta defensa final de una "dictadura inte­ligente" para España junto a un constante y firme agnosticismo religioso. Ideales constan­tes de independencia personal y éticas no comprometidas caracterizan su obra narrativa.

Las influencias más acentuadas son el pesimismo de Schopenhauer y el vitalismo de Nietzsche como factores importantes en sus novelas y personajes de ficción:

 De SCHOPENHAUER toma la idea de que la naturaleza de la vida es el sufrimiento, tanto mayor cuanto mayor es la conciencia intelectual del in­dividuo. Toda acción tiende a intensificar el sufrimiento vital. Re­nuncia, resignación como solución buscando la "ataraxia" (serenidad negativa basada en la incomprensión y la indiferencia...).

Del pensamiento de NIETZSCHE toma el deseo de superación de la desmoralización lanzándose a una lucha puramente biológica (rechazando a Schopenhauer). La existencia sólo se justifica por el goce de una vida intensa y diná­mica, sin restricciones morales o religiosas.

De todos modos, Schopenhauer es la verdadera y real influencia sobre Baroja. Nietzsche es sólo un deslumbrimiento juvenil  y pasajero.

Desde joven se consideró un marginado: influenciado por Nietzsche y otros filósofos, cree que la vida se basa en elementos puramente biológicos, la "supervivencia de los mejores". Por ello la mayoría de los protagonistas de sus novelas son personajes que pasan por una fase de gran dolor y angustia vital, que superan temporal­mente mediante la acción, hasta llegar a la final ataraxia...

Es el único escritor de la G98 que no se centra en Castilla como símbolo de España. Sus relatos están ambientados casi siempre en el País Vasco.

De la enorme obra narrativa barojiana estas novelas son las más destacables y conocidas: La casa de Aizgorri, El ma­yorazgo de Labraz, Zalacaín el aventurero, Paradox, rey, El árbol de la ciencia, El mundo es ansí, Las aventuras de Santhi Andía, Camino de perfección, La lucha por la vida, César o nada, etc.

Su concepto de la novela sería el siguiente:

Los dos conceptos básicos  en Pío Baroja son  ESPONTANEIDAD y OBSERVACIÓN. Todo tipo de "técnica consciente" es, para este escritor, contraria a la espontaneidad ideal de la novela. Igual que detestaba las reglas de toda sociedad organizada - por atentar contra la libertad individual- también niega el valor de las convenciones literarias: ideal de total libertad compositiva. Para él "sólo lo espontáneo sale mal", desconfiando de analizar todo aquello que estaba haciendo.

En este ideal de libertad, no todo es imaginación. La observación también es importante. Contrariamente a Ortega y Gasset (que creía que la novela era una especie de "artefacto estético"), para Baroja la novela debe tener significación basada en la observación de la vida.

Así, el proceso creativo de una novela, para Baroja, partía siempre de la observación directa de la realidad (la realidad como un "trampolín"). De ahí surgían impresiones y sugerencias que, depo­sitadas en la mente del escritor con toda libertad, pasaban a ser plasmadas en el texto para extraer el tema y los personajes.

Éste fue un proceso creativo que incluye a Baroja en la tradición rea­lista del XIX. Lo diferencial en Baroja es que él no cree en la objeti­vidad del narrador (condena del ideal flaubertiano de la novela realista burguesa) ni en el "mito" de la omnisciencia.

En la construcción de la lógica actancial siempre subyace la idea de un caos, relacionada con su visión de la vida como algo también caótico.

La novela típica de Baroja, en definitiva, guarda relación con el "Bildungsroman" (novela de aprendizaje de la vida y formación del héroe) y con la "novela fi­losófica". Son narraciones de la evolución psicológica del protago­nista a través de diversos y sucesivos estadios. El resto de personajes funcionan siempre alrededor del protagonista (interlocutores, aclaradores de determi­nados aspectos del héroe, contrastes, etc.).

Por lo general (excepto en Zalacaín el aventurero y alguna otra no­vela) hay poco desarrollo argumental, poca acción (para no hacer la novela inve­rosímil), lo que se suple con la abundancia de diálogos, descripcio­nes, personajes menores (especialmente maestros y curas, vistos por Baroja siempre como los principales represores sociales). Su ideal era la brevedad, nitidez y precisión (común a toda la "Generación del 98"): para Baroja el estilo debe ser casi imperceptible, no debe interponerse entre el texto y el lector. El narrador típico de Baroja, en cambio, interviene continuamente con comenta­rios (dando su opinión sobre aquello que se nos cuenta) a lo largo del relato.

Miguel de Unamuno

Comienza, literariamente hablando, con diversos trabajos en la prensa. Su primera publicación es un libro de artículos titulado Recuerdos de niñez y mocedad.

Su trayectoria intelectual estuvo  marcada por dos cuestiones:

  El conflicto RAZÓN FE.

  Oscilación entre la aceptación o el rechazo del SINDICALISMO MARXISTA: finalmente se inclinará, ya en sus últimos años, por el rechazo.

En torno al casticismo es un libro de planteamientos paralelos al Idearium español de Ganivet: se pretende la regeneración de Es­paña recuperando su "personalidad nacional" (sin aludir a las necesi­dades y problemas socio-político-económicos). En este libro comienza a forjarse el concepto típicamente unamuniano, de la "INTRAHISTORIA". La paradoja de este libro es que está escrito en la misma época en que Unamuno también escribe en periódicos de matiz izquier­dista, como La lucha de clases de Bilbao... (hacia 1897).

1897 es el año en que Unanumo vive una profunda CRISIS RELIGIOSA que tendrá importantes consecuencias en toda su obra literaria. Unamuno dejará paulatinamente de tra­tar el tema social de la regeneración española. Escribe libros como Tres ensayos, Vida de Don Quijote y Sancho (alabando al caballero andante por buscar la inmortalidad a fuerza de voluntad, más allá de la ra­zón), Mi religión y otros ensayos, Del sentimiento trágico de la vida, La agonía del cristianismo, etc. El conflicto entre razón y fe religiosa acabará, como veremos, convirtiendo a Unamuno en un claro predecesor de lo que años después se conocería como "existencialismo" (búsqueda, cargada de escepticismo, de un sentido a la existencia humana).

Dentro del campo de la novela, Unamuno es uno de los grandes antecedentes en el uso del monólogo interior y el flujo de conciencia como técnicas narrativas.

Si en sus ensayos Unamuno iba formando el concepto de "intrahistoria", es en la novela Paz en la guerra donde aparece tal concepto ejemplificado, así como la tensión entre "historia" e "intrahistoria". Este concepto también se repetirá a lo largo de toda su posterior obra narrativa.

Según la crítica, la novela unamuniana, bautizada por el propio autor como "nivola" (sin duda para remarcar así su carácter innovador frente al modelo narrativo realista) se caracteriza por los siguientes rasgos:

Esquematismo y ausencia de descripciones paisajísticas. Por ello, dichas novelas vienen a ser como "dramas íntimos en esqueleto". Lo fundamental son las pasiones humanas puestas en juego en la novela. Lo descriptivo, según Unamuno, desvía siempre el interés del lector. Dicha característica rompe con la tradición narrativa de la segunda mitad del s. XIX (Balzac, Dickens, Flaubert, Galdós, etc.). Lo único interesante para Unamuno es la narración, lo que el personaje piensa y hace, es decir, lo que el personaje "es".

Pero lo que el personaje "es" no nos lo puede decir el narra­dor desde el principio. Se rompe, así, con la tradicional omniscien­cia del narrador decimonónico. El narrador unamuniano es deficiente. Sabe las cosas al mismo tiempo que los personajes y que los lecto­res, nunca antes.

Unamuno crea personajes, nunca "tipos". Sus personajes son perfectos ejemplos de lo que se ha llamado "personajes redondos"; es decir, personajes con una personalidad propia y compleja que evoluciona a lo largo del relato. El esquematismo y desnudez de las novelas de Unamuno hace pensar en que se trata de textos simbólicos en los que se pone en juego a personajes que sim­bolizan determinadas fuerzas genéricas de la humanidad. Sus novelas plantean sólo problemas de personalidad individual.

Simbolismo. Todas las descripciones (muy poco numerosas, tienen una función simbolizadora del conflicto interno vivido por los personajes o de su personalidad.

El tema de fondo unamuniano es igualar realidad y ficción no es sólo una paradoja. Guarda una estrecha relación con otros temas más aparentes del autor: el tema del sueño, el tema de Dios, el tema del autor y sus personajes, etc. La idea de "ficción" se desarrolla sobre todo en las novelas de Unamuno, más que en los ensayos. Unamuno escribe novelas por dos motivos básicos: Concepción de la novela como un instrumento para conocer y analizar la realidad humana. La relación entre realidad y ficción sólo puede entenderse de modo creativo. De ahí que, en las novelas de Unamuno, no importen las fisono­mías de los personajes, los gestos, los ámbitos e, incluso, las "tramas" argumentales. Lo único importante es el personaje central "real" ("real" = agonista trágico según términos del propio autor).

Psicologismo.En las novelas de Unamuno, lo circunstancial, lo exterior al personaje agónico se desvanece, incluyendo al propio argumento. De ahí la distinción que Unamuno hace entre novelas y personajes "ovíparos"   (-) y los "vivíparos" (+). Aquéllos serían los personajes que viven conflictos de tipo externo, éstos -los preferidos por Unamuno- son los que interiorizan los conflictos viviéndolos dentro de si mismos y, además, están desarrollados en la novela "a lo que salga", sin ninguna premeditación (a diferencia de los personajes "ovíparos").

Visión del mundo (lo real) como novela divina. La relación entre Dios y el hombre se establece, para Unamuno, en términos de relación entre Soñador y Soñado: relación de interde­pendencia entre ambos. Dicha relación se trasplanta, de igual modo, al autor y sus personajes. En esquema:  

     

 DIOS<->HOMBRE<->PERSONAJE

LOS TRES TIENEN

UN MISMO "TIPO DE REALIDAD".

 

Mientras que Dios sueña a los hombres (y éstos sueñan que Dios les sueña), los hombres sueñan a los personajes (y éstos, con vida propia, sueñan que los hombres les sueñan a su vez). Así, si los personajes son reales y ficticios a la vez, tam­bién lo somos nosotros: reales por una parte, ficticios por otra (somos la ficción que Dios sueña). Además, si Dios es una ficción (un sueño) de los hombres, éstos también son una ficción, un sueño de los personajes.

  Renuncia a todo esquema o preparación.

  Protagonista "agónico"  Uso  del diálogo. El personaje "agónico" unamuniano es "el que lucha contra sí mismo". El personaje "antagónico" clásico es el que lucha contra otros, contra la sociedad, etc.- La novela y los personajes que se van haciendo a sí mismos, sin ningún plan pre-establecido por el autor. El uso del diálogo tiene una función clara: mostrar del modo más directo al lector el conflicto vivido por los personajes. Ello da a la novela una gran parecido, por momentos, con el teatro (las "nivolas" de Unamuno son fácilmente dramatizables).

Inclusión de relatos cortos dentro de la lógica narrativa principal (al estilo de CERVANTES)

Narrador "demiúrgico", a modo de "Dios" sobre sus personajes.

Pretensión de hacer partícipe al lector dentro de la "nivola". Finalidad catárquica de la literatura. Si se pretende despertar, sacudir la conciencia del lector es porque ese lector de la novela está, también, "dormido" como A. Pérez. Queriendo despertar la conciencia de su personaje, Unamuno per­sigue realmente despertar la nuestra como lectores de su "nivola".

Autobiografismo. Los personajes "agonistas" o "agónicos" de las "nivolas" tam­bién se caracterizan por ser "dobles" de su creador, Unamuno. En ellos plasma el escritor sus propios conflictos internos. Igual que muchos de sus personajes, Unamuno intentó en su vida aclarar la duda en que se abatía: ¿existe Dios?. La razón dice que no, pues carece­mos de pruebas de su existencia; pero su corazón, su intuición, le animan a seguir buscando a ese Dios que parece mudo... Por ello la frase de Unamuno: "tengo la religión de querer tenerla": sólo la existencia de un Dios, alguien superior que haga y deshaga a su vo­luntad puede dar sentido al mundo y a la vida. Para Unamuno, la realidad del personaje de ficción se parece a la del hombre en que ambas "no están hechas", en que se van haciendo y se pueden contar: en eso, precisamente, consiste la novela. El ser del personaje literario y el del hombre son, pues, un resultado de un mismo proceso.

Se ofrece una visión parcial y única de un personaje separado de su circunstancia vital, reducido a un problema único, central y obsesivo.

Sus novelas ("nivolas") más conocidas son: Niebla, La tía Tula, San Manuel Bueno, mártir, Abel Sánchez, Nada menos que todo un hombre, Amor y pedagogía, Tres novelas ejemplares, etc.

LA NOVELA NOVECENTISTA

      GABRIEL MIRÓ (1879-1930). Su obra narrativa -conocida con el nombre de "novela esteticista" o "novela lírica"- se caracteriza por los siguientes rasgos:

Se prescinde de la acción como elemento integrante de la narración. El esquema argumental e sus relatos suele limitarse a un protagonista que contempla, piensa o recuerda, pero que no actúa.

Primacía absoluta de los elementos sensoriales (color, luz, etc.), lo que da a sus novelas un tono eminentemente descriptivo y paisajístico.

Ruptura de la continuidad temporal del relato. No se trata de un tiempo lineal, sino de una temporalidad subjetivada y anímica que acontece siempre de forma muy lenta.

Fragmentarismo: el relato se reduce a una sucesión de escenas o cuadros que tienen un valor estético en si mismos.

Uso de la insinuación y la sugerencia en el discurso del narrador, además de elementos expresivos propios de la poesía (símbolos e imágenes en general, sinestesias, etc.). Todo ello da un tono lírico a la narración.

Experimentalismo: uso de ciertas técnicas innovadoras en la época (flujo de conciencia, cambios de puntos de vista, historias secundarias intercaladas en el relato principal, etc.

Las obras más importantes de este novelista son: Las cerezas del cementerio (1910), El obispo leproso (1926), El libro de Sigüenza (1917), Nuestro padre San Daniel (1921), La mujer de Ojeda, Figuras de la pasión del Señor (1916)  etc.

      RAMÓN PÉREZ DE AYALA (1880-1962). Novelista caracterizado totalmente por los rasgos del "Novecentismo". Sus principales novelas son La pata de la raposa (1912), A.M.D.G. (1910), Belarmino y Apolonio (1921), Tigre Juan (1926), Troteras y danzaderas (1913), El curandero de su honra (1928), etc.

LA NOVELA DE VANGUARDIA

Durante los años 20 sobre todo se desarrolla un tipo de novela -llamada "anti-novela" por algunos especialistas- que entra de lleno en el espíritu y la estética de las "vanguardias": radical anti-realismo y espíritu abiertamente provocador.

El teórico de este nuevo tipo de narrativa fue José Ortega y Gasset, quien  en  Ideas sobre la novela (1925) habló de la necesidad de romper con la novela tradicional de estilo realista y crear otro modelo diferente en el que se renunciase definitivamente a representar la realidad. Para Ortega, la novela (el arte en general) debe tender a construir "mundos" o realidades autónomas, intrascendentes y totalmente subjetivas. Dichas novelas sólo serían accesibles (sigue Ortega- a un público sensible, superior y, por tanto, minoritario.

Los novelistas de vanguardia más importantes son:

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA: La quinta de Palmira, Cinelandia, El torero Caracho, Cuentos para no salir de casa, El circo, !Rebeca!, etc.

BENJAMÍN JARNÉS: El profesor inútil, El convidado de papel, Locura y muerte de nadie, etc.

ANTONIO ESPINA, "CORPUS BARGA", PEDRO SALINAS, ROSA CHACEL, MAX AUB, FRANCISCO AYALA, JARDIEL PONCELA, EDGAR NEVILLE, etc, fueron otros novelistas que durante algún periodo de su vida escribieron novelas de este tipo.

LA NOVELA SOCIAL ANTERIOR A 1936

Este tipo de novela nació al finalizar la dictadura del general Primo de Rivera (último años de la Restauración y del reinado de Alfonso XIII). Ideológicamente, los novelistas sociales de este momento tienen una firme voluntad de no comprometerse con los sectores sociales burgueses a cambio de apoyar las crecientes reivindicaciones del proletariado y campesinado español (ésta es, también, la época de mayor tendencia antimonárquica, que acabará con la abdicación del rey y la proclamación de la II República Española).

En conjunto, ésta es la narrativa que experimenta el gran giro que la cultura y el arte sufrieron en España alrededor de 1930: abandono de la actitud vanguardista y creciente implicación en los problemas humanos y sociales del momento. Ello explica que las novelas sociales se caractericen por:

Temas como la problemática de los trabajadores asalariados, la corrupción de las clases acomodadas y dominantes, la desigualdad e injusticia social, etc.

Se utiliza un estilo sencillo, muy mayoritario, que a veces parece más bien el de una crónica periodística.

      RAMÓN J. SENDER. Es el más importante de este grupo de novelistas. Imán, O.P. (Orden público), Siete domingos rojos, y Míster Witt en el Cantón. Después de la guerra continúa publicando novelas en el exilio.

José Díaz Fernández, César María Arconada, y Joaquín Arderíus fueron otros novelistas sociales de los años 30.

 

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