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NOVELISTAS
NATURALISTAS ESPAÑOLES
Al
iniciarse la década de los años 80, el desarrollo
de la vida literaria española se conmueve con la
llegada a nuestro país de las novelas de Zola, cuya
primera traducción aparece en 1879 (El
ataque del molino). A partir del año
siguiente, a la versión española de las obras más
polémicas del maestro del naturalismo (La
taberna, Nana...)
se une la publicación en nuestra lengua de obras
escritas por e1 resto de los representantes de la
escuela fisiológica francesa. Daudet, los hermanos
Goncourt, Guy de Maupassant...
También
de 1879 data la publicación de Lucio
Téllez, segunda novela de José Ortega
Munilla y primera en la que la crítica acierta a
detectar influjos directos de la escuela de Zola,
que se repetirán en posteriores relatos del mismo
autor: El
tren directo o Don
Juan Solo. En l881, la corriente naturalista
acoge en sus filas a uno de los escritores españoles
ya consagrados, Benito Pérez Galdós, que con su
novela La
desheredada se adhiere al movimiento
importado de Francia. Ya en 1882, comienzan a
aparecer en La
Época los artículos escritos por Emilia
Pardo Bazán (reunidos en un volumen, con prólogo
de Clarín, al año siguiente) en lo que se titulará
La cuestión
palpitante.
Quizá
debido a la especial interpretación que se dio en
España a la corriente original francesa, no pueda
afirmarse que los autores de más acá de los
Pirineos cultivaran un tipo uniforme de concepción
estética naturalista. A este respecto no sería
inexacto hablar, como lo ha hecho algún crítico
con cierto escepticismo de “naturalismos” en la
novela española. del XIX.
De
cualquier manera, el o los naturalismos españoles
tienen su apogeo desde 1880 hasta 1890, aunque obras
naturalistas aparezcan todavía en el siglo XX. La
teoría literaria de Zola se constituye en concepción
central de autores como el catalán Narcís Oller,
Alejandro Sawa o el ya mencionado Ortega Munilla.
Entre
las grandes figuras literarias del momento, el
naturalismo se presenta bien romo etapa pasajera o
bien como fondo desdibujado sobre el que se
manifiestan con nitidez características propias
como el humor, la ambientación regionalista o un
cierto grado de espiritualismo nada acorde con los
principios fijados por la escuela francesa.
Desde
1880 la situación de la novela española comienza a
cambiar: en 1881 Galdós abandona su “período
abstracto" e inicia con La
desheredada el período naturalista. En 1883
la Pardo Bazán publica un libro de ensayo La
cuestión palpitante, una novela La
tribuna, y Galdós publica El
doctor centeno. 1884 es 1a fecha en que ven
la luz La
Regenta de Clarín, y Tormento,
La de
Bringas y Lo
prohibido, de Galdós. Es el momento
naturalista. Poco después, en I886 y 1887, aparecerán
las dos novelas tradicionalmente consideradas más
representativas del naturalismo, Los
pazos de Ulloa y
La madre Naturaleza.
Los
escritores liberales españoles aceptan el
naturalismo -con más o menos moderación- mientras
que los
tradicionalistas lo rechazan indignados para
continuar con la novela de tesis... Es entonces
cuando un gran escritor
consagrado. La desheredada consolida la adaptación del nuevo movimiento
y Galdós une su firma a la de los jóvenes en la
revista naturalista Arte
y letras. Esta, digamos, alianza por la que
Galdós era sentido como maestro indiscutible del
nuevo movimiento, culmina en el banquete-homenaje
promovido por los miembros del “Bilis-Club”
naturalista.
Pero
a1 naturalismo español no le servía la fórmula
francesa en estado puro, porque nuestro proceso
cultural era muy distinto: en España estábamos
todavía en una fase de esperanzada lucha, de
conquista y estabilización de los ideales democráticos.
Cuando la realidad democrática española, con la
Restauración, no satisfaga estos ideales, toda la
novela en Europa habrá girado ya su evolución
desviándola, en un nuevo subjetivismo, de la
realidad exterior. En la última fase de la obra de
Galdós, la Pardo Bazán, Clarín, girará el
naturalismo hacia un espiritualismo progresivo que
encontrará en su camino a los hombres del 98.
El
naturalismo en España sirvió para adensar y, sobre
todo, barrer de tesis. y de "apriorismos"
moralizantes a la novela. La gran conquista de
nuestro naturalismo es haber descubierto que la
trascendencia está en la materia misma y que ésta
no es disociable del espíritu. Lo que Galdós, Bazán
y Clarín hacen es revelar la idea, el espíritu,
que impregna la materia en lugar de -como Fernán
Caballero y la novela de tesis- tratar de imponerle
a la materia un espíritu que le es ajeno, lo que
implica, muy románticamente por cierto, que materia
y espíritu son cosas pertenecientes a dos planos
distintos. Si en España se produce un eco del
naturalismo francés que se limita a lo puramente
superficial ello se visualiza en algunos de los
recursos tremendistas y declamatorios de la escuela
que más que crear sigue ciegamente la moda francesa
(López Bago con La
prostituta, La
pálida, La
buscona La querida, etc.; Alejandro
Sawa con Crimen
legal, La
mujer de todo el mundo, etc.). EI
naturalismo español crece en Clarín, Galdós, Bazán,
etc., desde el realismo iniciado con Fernán
Caballero, y crece desde dentro, orgánicamente.
Primero, a la materia se trata de dotarla, desde
fuera, con el “ideal” (Fernán Caballero y la
novela de tesis), después se descubre a la materia
conteniendo el “ideal” (fase naturalista);
finalmente y por progresión, por intensificación,
el “ideal” va impregnando la materia hasta
hacerse ésta casi invisible (Espiritualismo). E1
paso siguiente es 1a negación de la realidad
(Valle-Inclán y el “esperpento”) o la afirmación
del espíritu (Unamuno).
En
la primera fase hay un acuerdo entre individuo y
realidad y lo que chocan son las realidades diversas
(Pepe Rey no choca con Dª Perfecta, lo que chocan
son las realidades que representan, la
España
del progreso y la España estancada). En la segunda, el individúo lucha contra
la realidad y es vencido, pero ello no es culpa
exclusiva de la realidad, sino que el individuo, por
algún motivo, es también culpable (la ambición en
Fermín de Pas, la histeria ensoñadora de Ana
Ozores, la fantasía exaltada de Isidora Rufete.
etc.). En la tercera, el individuo es siempre más
puro que la realidad, a la que trata de imponerse, y
contra la que persevera
en busca
de su perfección,
aun después de vencido (Bonifacio Reyes en busca de su hijo;
Benigna, pese a la ingratitud de doña
Francisca y los suyos; Gaspar de Montenegro frente a
su educación, su medio frente a sí mismo y sus
actos). En una palabra: el naturalismo español es
una fase más de nuestro realismo, con la
consiguiente ruptura de la identificación entre
novela y burguesía,
expresión de una vanguardia burguesa en
pleno desengaño por el fracaso de una profunda
revolución burguesa en España: A partir de aquí
la consecuencia más inmediata será la progresiva
falta de coherencia y de solidez ideológica
de la burguesía española, sus vacilaciones y
contradicciones internas (que en lo político llegarán
al fascismo o al socialismo, por ejemplo, en pleno
s. XX)
La
condesa de Pardo Bazán (La Coruña, 1852- Madrid
1921) comenzó a llevar a la práctica sus ideas
sobre el naturalismo en 1883, con su novela La
Tribuna. Hasta ese momento había publicado
dos ensayos narrativos, Pascual
López y Un
viaje de novios, que le servirían como
preparación para lanzarse de lleno al cultivo de
una peculiar narrativa experimental.
Los ámbitos en que la escritora gallega sitúa sus
obras de este tipo son cuatro: el proletariado
urbano en La
Tribuna, el pueblo en E1
cisne de Villamorta, el mundo rural en Los
pazos de Ulloa y su continuación La
madre naturaleza, y la ciudad en Insolación
y Morriña.
Con estas novelas, el naturalismo español llega a
uno de sus límites más aproximados al modelo francés,
aunque siempre sujetándose a ese “sí... pero
no” que caracteriza la teoría literaria de doña
Emilia.
No
obstante, la defensora de Zola deriva posteriormente
hacia caminos hasta cierto punto paralelos a los que
había recorrido Galdós: es su momento
“espiritualista”, plasmado en obras simbólicas
como Una
cristiana y La
prueba, ambas de 1890,
o La quimera y La
sirena negra (ambas ya en el s. XX).
La
obra de Armando Palacio Valdés (Entralgo, Asturias,
l853-Madrid, 1938) constituye un ejemplo más de la
evolución y diversidad artísticas que caracterizan
la novela española en el último tercio del siglo
XIX. La temprana novela El señorito Octavio fue considerada precisamente ejemplo del
naturalismo narrativo, por su respeto a las reglas
de Zola: “Los hechos solos, el comentario sobra,
nada de tesis”.
Ingredientes
posiblemente relacionados con la novela experimental
se aprecian también en obras posteriores como La
espuma -censura de la alta sociedad-, La
Fe -donde es protagonista el amor sacrílego
y El
maestrante, que relata la venganza de una
aristocrática mujer sobre su propia hija, fruto de
una relación ilegítima. Pero junto a ellas
aparecen novelas que apuntan hacia direcciones
narrativas muy diferentes: José
y La aldea perdida, pese a la distancia temporal que las separa
(la primera vez se publica en 1887; la segunda
apareare en 1909), presentan un esquema idílico común
que Valera ya había explorado en alguna de sus
obras. Otras obras, de carácter autobiográfico son
Riverita, Maximina,
Los papeles
del doctor Angélico o La
hermana .San Sulpicio.
La
última generación de la narrativa decimonónica
tiene como representante más característico a
Vicente Blasco
Ibáñez (Valencia, I867-Menton. Francia, 1928).
Tras irregulares comienzos como autor de novelas
cercanas al folletín (La
araña negra, de 1892, inspirada en El
judío errante, de E. Sue), nos deja en los
últimos años del siglo un grupo de novelas que
combinan elementos regionalistas con una fórmula
claramente naturalista. Se trata de su “ciclo
valenciano”, constituido por novelas como Arroz
y tartana -sátira de la burguesía local-, Flor
de mayo, La
barraca, que narra la explotación del
campesino pobre por el propietario de la huerta, Entre
naranjos y Cañas
y barro.
Es
cierto que la abundancia de elementos naturalistas
(determinación, denuncia social...) presentes en
estas obras le valieron a Blasco el sobrenombre de
“Zola español”; pero a partir de ese momento,
e1 autor imprime a su creación literaria un rumbo
narrativo radicalmente distinto, que no sólo lo
aleja de la estética naturalista, sino que incluso
lo aparta de las características elementales de la
novela decimonónica.
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