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LA
“RESTAURACIÓN”: Alfonso XII (1875)
Se
conoce así al periodo histórico que se abre en
1875 con la llegada a España de Alfonso XII -hijo
de Isabel II-, con la que:
·
acaba
el período revolucionario abierto en 1868 con la
“Gloriosa”, y
·
retorna
la dinastía borbónica y España regresa “a lo de
siempre”: algo parecido al régimen del
moderantismo en tiempos de Isabel II, adaptado a los
nuevos tiempos en cuestiones más bien
superficiales.
Durante
más de cuarenta años iba a estar en vigor la misma
Constitución, cosa insólita en la historia del
liberalismo español. La Restauración es un largo
período de inercia en la sociedad
liberal-capitalista : la burguesía española asume
su fracaso político (y hasta económico).
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EI
sistema canovista: oligarquía y caciquismo
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Experiencia
política no le faltaba a Cánovas,
principal figura política del periodo. Desde muy
joven militó y conspiró en la Unión Liberal (suyo
fue el texto del Manifiesto del Manzanares).
Admiraba el sistema constitucional inglés por su
estabilidad y por el mantenimiento de las
tradiciones. Quiso fabricar en España una cosa
parecida, convencido del apoyo que le prestarían
las clases acomodadas; como así fue. Los obstáculos
iniciales fueron pronto superados con el
apartamiento de los republicanos y la victoria sobre
los carlistas en 1876. También urgía la pacificación
de Cuba, que encomendó a Martínez Campos y llegaría
poco después. Con las manos libres, Cánovas hizo rápidamente
realidad sus teorías. Sólo sería posible la paz y
el orden si se mantenían las instituciones
tradicionales de la nación junto al reconocimiento
de los principios liberales: soberanía conjunta de
la nación y el rey; monarquía hereditaria y
representativa; ejército y unidad nacional, eran
los pilares del nuevo sistema.
Su
mecanismo político más importante fueron las
elecciones generales, con sufragio universal
masculino, pero tan manipuladas desde el gobierno.
Con ellas se formaron unas Cortes Constituyentes a
la medida, que elaboraron rápidamente una nueva
Constitución. Establecía ésta, como principios,
que la potestad de hacer las leyes residía en las
Cortes con el rey (inviolable, con derecho a veto e
iniciativa legislativa) . EI parlamento, bicameral,
constaba de un Senado y un Congreso. Además se
establecía un reconocimiento vago de los derechos y
libertades (asociación, expresión, reunión,
incluso tolerancia religiosa) que garantizaba a la
Constitución una gran flexibilidad y auguraba su
perduración.
Otro
de los objetivos canovistas fue el turno pacífico
de dos grandes partidos en el ejercicio del poder.
Para ello había que crear una “oposición
leal”, cuyo programa no se diferenciase mucho del
suyo. Así surgió el Partido
Liberal Fusionista dirigido por Sagasta,
que recogía la herencia de progresistas y demócratas.
Tanto éste como el Partido
Liberal Conservador de Cánovas representarían
de hecho a los mismos sectores sociales, con algunas
diferencias de matiz. Y entre ambos fabricaron el régimen
de la Restauración, basado en la alternancia pacífica
en el poder, sin violencias ni pronunciamientos.
Tras cada convocatoria electoral, el rey debería
entregar el gobierno al partido ganador: turno pacífico,
pues. Pero, en realidad, las elecciones serían
siempre manipuladas por el gobierno y los resultados
responderían al acuerdo previo de los dos partidos,
cara y cruz de las clases privilegiadas que protegían
así sus intereses de nuevos sustos revolucionarios.
De modo que primero el rey nombraba al nuevo jefe de
gobierno y, sólo después, éste convocaba y componían
las elecciones para corroborar el cambio. Para ello
se contaba con una red de funcionarios, gobernadores
y notables de cada distrito.
Esta
es la época que Joaquín Costa definió con el lema
de “oligarquía y caciquismo”. Siempre se falseó
la práctica electoral, incluso después de que, en
1890, los sagastinos establecieran el sufragio
universal. Los electores seguían, pues, las
instrucciones del “cacique” del distrito (el
rico del pueblo, que daba trabajo y resolvía
papeleos). Los dos grandes partidos, formados por
unas minorías de notables, monopolizarían la vida
política.
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Regencia
de Mª Cristina (1885)
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En
1885 murió Alfonso XII, el joven rey pacificador de
una tuberculosis. Cundió el desasosiego. Su esposa,
María Cristina de Habsburgo-Lorena
que ya tenía dos hijas, estaba embarazada.
Fue nombrada regente y poco más tarde daba a luz un
hijo varón (el futuro Alfonso XIII). La necesidad
de alejar cualquier temor de volver a viejas
querellas llevó a los dos líderes a convenir el
turno pacífico en el poder. Aquel acuerdo se llamó
“Pacto del Pardo”. Hasta el final de siglo (Cánovas
murió en 1897) los dos líderes se alternaron en el
gobierno con cierta regularidad. Sagasia, que
contaba con la amistad de la regente, amplió
ligeramente el campo de actuación de otros grupos
políticos que, a partir de 1891
comenzaron a tener cierta fuerza en el
Parlamento.
España
parecía haber entrado en una etapa de
“normalidad” política y progreso económico.
Fueron los años de asentamiento y consolidación
del peculiar capitalismo español. Pero ya estaba
cambiando rápidamente la fisonomía del mundo:
expansión de la industrialización; nuevas fuentes
energéticas como la electricidad y el petróleo;
aparición de grandes monopolios y consorcios
financieros; desarrollo de los transportes y de la
industria química. Era la segunda revolución
industrial, que conllevaba un nuevo reparto de la
riqueza del Planeta entre los países más
industrializados mediante el neocolonialismo. España,
rezagada en el concierto de las naciones, siguió a
distancia las pautas que marcaba la marcha del
capitalismo mundial, como país dependiente y
subdesarrollado. La economía y, por tanto, la
sociedad española habían cambiado demasiado
lentamente a lo largo del s. XIX.
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