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EL
“SEXENIO REVOLUCIONARIO” (1868-1874)
El
levantamiento militar de 1868, protagonizado por los
generales Prim, Serrano, Dulce y el almirante
Topete, se inició en Cádiz; se extendió rápidamente
por Andalucía y otros lugares de la Península y
triunfó de inmediato, tras un breve encuentro con
tropas leales al gobierno en Alcolea del Pinar (Córdoba).
Isabel II que veraneaba en Lequeitio, marchó al exilio en Francia.
Fue
una sublevación masivamente secundada por los
Ciudadanos, que venían ya con anterioridad
constituyendo juntas revolucionarias en pueblos y
ciudades. Por los Manifiestos que, al igual que en
1808, fueron leídos en las plazas y publicados en
la prensa, sabemos cuáles eran las aspiraciones
populares. Una suma de derechos políticos y
reivindicaciones sociales que constituían todo un
programa democrático: Cortes Constituyentes para
establecer el tipo de régimen; sufragio universal;
libertades de asociación, reunión, imprenta,
religiosa y de enseñanza; supresión de las
quintas, de la pena de muerte y de ciertos
impuestos.
Resurgió
la Milicia Nacional, que ahora se denominó
Voluntarios de la Libertad, como medio de defensa de
la revolución. Unidos en el mismo combate el
movimiento obrero y la burguesía, parecía tratarse
de una explosión nacional con un mismo entusiasmo.
Sin embargo, pronto surgieron las desavenencias:
Serrano y Prim, que no eran demasiado radicales, se
apresuraron a desarmar a los Voluntarios de la
Libertad desde un gobierno provisional que excluyó
a los demócratas. EI 25 de octubre dirigieron un
Manifiesto a la Nación en que recogían los
programas de las Juntas, pero sin aludir a ningún
cambio en cuestiones económicas.
Se
trataba de estabilizar rápidamente la revolución y
construir por primera vez un Estado democrático en
la convulsa España. Pero la tarea no iba a ser fácil.
Las elecciones para Cortes Constituyentes, en las
que por primera vez pudieron votar todos los varones
españoles mayores de 25 años directamente,
configuraron un parlamento representativo de la
correlación de fuerzas, fiel reflejo de las
opiniones políticas de los españoles, pero también
demasiado plural para los retos del momento.
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“Derecha”:
Carlistas e Isabelinos
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“Centro”:
Progresistas,
Unionistas
y Demócratas
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“Izquierda:
Republicanos federalistas
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en
minoría
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gran
mayoría
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Prim,
Sagasta, Olózaga, etc.
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Figueras
y Castelar
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Aquellas
Cortes elaboraron la Constitución de 1869, la más
democrática y avanzada que podía imaginarse en la
Europa de entonces, que reconocía derechos como la
inviolabilidad de la correspondencia, la voluntad de
descentralizar la Administración, la democratización
plena de ayuntamientos y diputaciones, etc.
Aprobada
la Constitución, Serrano
fue nombrado regente y Prim,
el hombre fuerte de la situación, jefe de Gobierno.
Los problemas que había que enfrentar para
consolidar la monarquía democrática eran diversos
y muy graves. En síntesis: la búsqueda de un
candidato para el trono vacante; la respuesta de las
demandas populares de abolición de impuestos y
quintas; la solución a la situación de Cuba, donde
desde 1868 había estallado una seria insurrección
independentista. Estas cuestiones constituían un
enrevesado puzzle de problemas de muy difícil
solución, con complicaciones internacionales por
medio, que sólo podría haber compuesto una coalición
de fuerzas muy sólida. Por el contrario, cada
problema desencadenó rupturas y enfrentamientos que
llevaron al fracaso del experimento. Una parte de
los republicanos (los “Intransigentes”),
frustrados por la forma monárquica de gobierno y la
falta de soluciones a la cuestión social,
promovieron ya en el verano de 1869 sublevaciones
generalizadas. Hambre de obreros y hambre de tierras
de los campesinos estaban detrás de las protestas,
que fueron sofocadas sangrientamente. Por otro lado,
la derecha más recalcitrante, los carlistas,
afilaban ya las armas.
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Amadeo
I de Saboya (1870-1873)
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La
candidatura al trono recayó al final en Amadeo de
Saboya, tras difíciles negociaciones en las
cancillerías europeas. Napoleón III en Francia y
Bismarck en Alemania condicionaron el resultado
final. La “salida italiana” ofrecía garantías
de pureza liberal: los Saboya, dinastía unificadora
de Italia, no estaban contaminados de autoritarismo
y, además, ofrecían una posibilidad de contención
frente a los republicanos. Prim apostó
decididamente por esa solución y consiguió que las
Cortes nombrasen rey a Amadeo de Saboya por 191
votos contra 120. Escaso apoyo para asunto tan
problemático.
El
30 de diciembre de 1870 desembarcaba en Cartagena el
nuevo rey de España. Tres días antes, como mal
augurio, el general Prim, su valedor, era objeto de
un atentado mortal, cuyos autores nunca fueron
descubiertos. Juró la Constitución ante las Cortes
el día 3 de enero, comenzando así un reinado breve
de dos años que para él sin duda fue demasiado
largo.
En
efecto, los apoyos que encontró a su llegada se
reducían a los progresistas.
La Iglesia echaba pestes contra un monarca
sacrílego, cuyo padre había usurpado los Estados
Pontificios al Papa Pío IX. Los carlistas se
estaban lanzando al monte con sus escopetas. La
oligarquía terrateniente pensaba que la democracia
desembocaría en el socialismo y que sus fincas corrían
peligro. Los republicanos celebraban congresos y
pactos federales a la espera de una república que
reconociera la libre federación de las regiones y
estados de España. Los obreros y campesinos ya no
confiaban ni siquiera en los republicanos, y
empezaban a mirar con buenos ojos a la Internacional
(AIT) y, en especial, a su facción bakuninista
(anarquistas); por tanto, despreciaban el juego político
de los partidos y soñaban con la revolución social
y el comunismo libertario. Los hacendados españoles
de Cuba y los negociantes con intereses coloniales
desconfiaban igualmente. La burguesía industrial
catalana, que apoyó en un principio la revolución,
estaba descontenta por el arancel librecambista de
Figuerola, que ponía en peligro su producción. De
modo que los progresistas de Sagasta y Ruiz Zorrilla
debían, si quería sobrevivir el régimen, ampliar
la base social de apoyo al nuevo monarca. ¿Cómo
hacerlo?. ¿Con una política conservadora de los
unionistas y conservadores, como quería Sagasta?;
¿o bien, con una apertura hacia la izquierda,
logrando así que los demócratas y republicanos
benevolentes se acercaran?.
Los
carlistas comenzaron una insurrección en toda regla
en mayo de 1872 y la oligarquía de banqueros,
industriales y terratenientes iban aglutinándose en
torno a la idea de restaurar a los Borbones en la
persona del hijo de Isabel, don Alfonso. Eran los
“alfonsinos”. Enfrente se encontraban los que
querían profundizar en el proceso revolucionario:
los republicanos federales obsesionados por la libre
organización de los diversos pueblos de España y
la plena consecución de la libertad política en
una sociedad laica. El mito de la República seguía
seduciendo a todos los que luchaban por mayores
derechos y libertades, sectores de la pequeña
burguesía, del campesinado sin tierras y del
proletariado industrial:
Amadeo,
rechazado por la aristocracia española, se encontró
aislado pero rechazó las propuestas de dureza que
le hacía Senano. Finalmente, el 11 de febrero de
1873 abdicó del trono. Ese mismo día, el Senado y
el Congreso, reunidos en Asamblea Nacional,
proclamaron la República.
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La
I República Española (1873)
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El
nuevo régimen duró muy poco. Se agudizaron los
conflictos que venían de atrás. Los republicanos,
a su vez, estaban escindidos en unitarios y
federales. Aquellos pretendían una vuelta al orden
que mantuviera los principios liberales y estaban
apoyados por los radicales. Los federales, con mayor
apoyo popular, pretendían una política de cambios
profundos: separación de la Iglesia y el Estado;
configuración de una Federación de Estados;
supresión de la esclavitud; creación de un ejército
voluntario, etc. En un año de vida, la República
española conoció distintos rumbos: tras la
presidencia de Figueras
y unas elecciones ganadas por los federales Pi i Margall, como nuevo presidente, impulsó la elaboración de una
nueva Constitución que no llegó a promulgarse. La
guerra carlista, que se recrudeció a mediados de
1873, la guerra de Cuba y la revolución cantonal
forzaron su caída. A continuación, Salmerón,
que dimitiría por motivos de conciencia (al negarse
a restaurar la pena de muerte) y Castelar
darían un nuevo giro conservador al régimen.
Mientras
tanto, el partido
alfonsino seguía creciendo y tenía en Cánovas
del Castillo un dirigente muy capaz. EI día 3 de
enero de 1874 llegó el fin: el capitán general de
Madrid, Pavía, disolvió con sus tropas las Cámaras. Tras el golpe, reunió
a los notables de los viejos partidos; de aquella
reunión salió nombrado jefe de un gobierno que sólo
era republicano en las formas: el general Serrano.
Durante otro año Serrano, que hizo caso omiso a las
libertades democráticas, disolvió la
Internacional, persiguió a los republicanos y
reestructuró el ejército para hacer frente a la
guerra carlista. En suma, volvía la política de
mano dura. En 18741a oligarquía española estaba
abiertamente por la solución alfonsina. Cánovas
del Castillo esperaba el retorno de don Alfonso
ante el desorden republicano.
EI propio Cánovas redactó un documento
(otro Manifiesto) que firmó don Alfonso y se hizo público
a finales del año: el Manifiesto de Sandhurst
(nombre de la Academia militar inglesa en que
estudiaba) proclamaba la voluntad de don Alfonso de
reinar como monarca constitucional moderno,
respetando las libertades públicas. Pero algunos
militares fueron más impacientes. E1 29 de
diciembre, en Sagunto, Martínez Campos, apoyado por Primo de Rivera y Valmaseda, se
pronunció en favor de Alfonso XII como rey. A Cánovas
no le gustó este nuevo pronunciamiento per las
adhesiones de los principales generales, incluidos
los que luchaban contra los carlistas, llegaron
enseguida. Se constituyó un ministerio-regencia,
presidido por Cánovas, que gobernaría
provisionalmente hasta la llegada de Alfonso a España.
El 19 de enero de 1875 el monarca desembarcaba en
Barcelona.
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