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Primera parte (1) del ingenioso hidalgo don
Quijote de la Mancha
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Primera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha |
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Capítulo primero. Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha. |
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Capítulo II. Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote |
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Capítulo III. Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero. |
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Capítulo IV. De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta. |
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Capítulo V. Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero. |
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Capítulo VII. De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha. |
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Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha |
(1) Esta división en varias partes corresponde al original del texto
de la novela de Cervantes -según lo que debió ser el plan inicial del
autor-, aunque en la actualidad se entiende por "Primera Parte" y
"Segunda Parte" las publicadas en 1605 y en 1615 respectivamente.
Marqués de Gibraleón, Conde de Benalcázar y Bañares, Vizconde de la
Puebla de Alcocer, Señor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos.
En fe del buen acogimiento y honra que hace Vuestra Excelencia a
toda suerte de libros, como Príncipe tan inclinado a favorecer las buenas
artes, mayormente las que por su nobleza no se abaten al servicio y
granjerías del vulgo, he determinado de sacar a luz al INGENIOSO HIDALGO
DON QUIJOTE DE LA MANCHA al abrigo del clarísimo nombre de Vuestra
Excelencia, a quien, con el acatamiento que debo a tanta grandeza,
suplico le reciba agradablemente en su protección, para que a su sombra,
aunque desnudo de aquel precioso ornamento de elegancia y erudición de
que suelen andar vestidas las obras que se componen en las casas de los
hombres que saben, ose parecer seguramente en el juicio de algunos,
que, no conteniéndose en los límites de la ignorancia, suelen condenar
con más rigor y menos justicia los trabajos ajenos: que poniendo los ojos
la prudencia de Vuestra Excelencia en mi buen deseo, fío que no
desdeñará la cortedad de tan humilde servicio.
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA.
DESOCUPADO lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que
este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más
gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo
contravenir la orden de naturaleza, que en ella cada cosa engendra su
semejante. Y así ¿qué podría engendrar el estéril y mal cultivado ingenio
mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de
pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno: bien como
quien se engendró en una cárcel donde toda incomodidad tiene su asiento,
y donde todo triste ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible,
la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de
las fuentes, la quietud del espíritu son grande parte para que las musas
más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo, que le
colmen de maravilla y de contento. Acontece tener un padre un hijo feo
y sin gracia alguna: y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos
para que no vea sus faltas; antes las juzga por discreciones y lindezas,
y las cuenta a sus amigos por agudezas y donaires. Pero yo, que aunque
parezco padre, soy padrastro de DON QUIJOTE, no quiero irme con la
corriente del uso, ni suplicarte casi con las lágrimas en los ojos, como
otros hacen, lector carísimo, que perdones o disimules las faltas que en
este mi hijo vieres: y pues ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu
alma en tu cuerpo, y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu
casa, donde eres dueño della, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo
que comúnmente se dice, que debajo de mi manto al rey mato; todo lo
cual te exenta y hace libre de todo respeto y obligación, puedes decir de
la historia todo aquello que te pareciere, sin temor de que te calumnien
por el mal, ni te premien por el bien que dijeres della.
Sólo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo, ni
de la innumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas
y elogios que al principio de los libros suelen ponerse. Porque te sé decir,
que aunque me costó algún trabajo componerla, ninguno tuve por mayor
que hacer esta prefación que vas leyendo. Muchas veces tomé la pluma
para escribilla, y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y estando
una suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el
bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría, entró a deshora un
amigo mío gracioso y bien entendido, el cual viéndome tan imaginativo,
me preguntó la causa, y no encubriéndosela yo, le dije que pensaba en el
prólogo que había de hacer a la historia de DON QUIJOTE, y que me tenía
de suerte, que ni quería hacerle, ni menos sacar a luz las hazañas de tan
noble caballero. Porque ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el que
dirá el antiguo legislador que llaman vulgo, cuando vea que al cabo de tantos
años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora con todos
mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de
invención, menguada de estilo, pobre de concetos, y falta de toda erudición
y doctrina, sin acotaciones en las márgenes, y sin anotaciones en el fin del
libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos,
tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de
filósofos, que admiran a los leyentes, que tienen a sus autores por hombres
leídos, eruditos y elocuentes? ¡Pues qué, cuando citan la divina Escritura!
No dirán sino que son unos Santos Tomases y otros doctores de la Iglesia,
guardando en esto un decoro tan ingenioso, que en un renglón han pintado
un enamorado distraído, y en otro hacen un sermoncico cristiano, que es un
contento y un regalo oírle o leelle.
De todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo qué acotar en el
margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé qué autores sigo en él, para
ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del A B C, comenzando
en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoilo o Zeuxis, aunque fue
maldiciente el uno y pintor el otro. También ha de carecer mi libro de sonetos
al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses,
condes, obispos, damas o poetas celebérrimos. Aunque si yo los pidiese a
dos o tres oficiales amigos, yo sé que me los darían, y tales que no les
igualasen los de aquellos que tienen más nombre en nuestra España.
En fin, señor y amigo mío, proseguí, yo determino que el señor don
Quijote se quede sepultado en sus archivos en la Mancha, hasta que el cielo
depare quien le adorne de tantas cosas como le faltan, porque yo me hallo
incapaz de remediarlas por mi insuficiencia y pocas letras, y porque
naturalmente soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que
digan lo que yo me sé decir sin ellos. De aquí nace la suspensión y
elevamiento en que me hallastes; bastante causa para ponerme en ella
la que de mí habéis oído.
Oyendo lo cual mi amigo, dándose una palmada en la frente, y
disparando en una larga risa, me dijo: Por Dios, hermano; que ahora me
acabo de desengañar de un engaño en que he estado todo el mucho tiempo
que ha que os conozco, en el cual siempre os he tenido por discreto y
prudente en todas vuestras acciones. Pero ahora veo que estáis tan lejos
de serlo, como lo está el cielo de la tierra.
¿Cómo qué? ¿Es posible que cosas de tan poco momento, y tan fáciles
de remediar, puedan tener fuerzas para suspender y absortar un ingenio tan
maduro como el vuestro y tan hecho a romper y atropellar por otras dificultades
mayores? A la fe, esto no nace de falta de habilidad, sino de sobra de pereza
y penuria de discurso. ¿Queréis ver si es verdad lo que digo? Pues estadme
atento, y veréis cómo en un abrir y cerrar de ojos confundo todas vuestras
dificultades, y remedio todas las faltas que decís que os suspenden y acobardan
para dejar de sacar a la luz del mundo la historia de vuestro famoso Don Quijote,
luz y espejo de toda la caballería andante. Decid, le repliqué yo, oyendo lo que
me decía, ¿de qué modo pensáis llenar el vacío de mi temor, y reducir a la claridad
el caos de mi confusión? A lo cual él dijo: Lo primero en que reparáis de los sonetos,
epigramas o elogios que os faltan para el principio, y que sean, de personajes
graves y de título, se puede remediar en que vos mismo toméis algún trabajo en
hacerlos, y después los podéis bautizar y poner el nombre que quisiérades,
ahijándolos al preste Juan de las Indias o al emperador de Trapisonda, de quienes
yo sé que hay noticia que fueron famosos poetas; y cuando no lo hayan sido, y
hubiere algunos pedantes y bachilleres, que por detrás os muerdan y murmuren
de esta verdad, no se os dé dos maravedís, porque ya que os averigüen la mentira,
no os han de cortar la mano con que lo escribisteis.
En lo de citar en las márgenes los libros y autores de donde sacáredes las
sentencias y dichos que pusiéredes en vuestra historia, no hay más sino hacer
de manera que vengan a pelo algunas sentencias o latines que vos sepáis de
memoria, o a lo menos que ello; cuanto más que, si bien caigo en la cuenta,
este vuestro libro no tiene necesidad de ninguna cosa de aquellas que vos decís
que le falta, porque todo él es una invectiva contra los libros de caballerías,
de quien nunca se acordó Aristóteles ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón:
ni caen debajo de la cuenta de sus fabulosos disparates las puntualidades de
la verdad, ni las observaciones de la astrología: ni le son de importancia las
medidas geométricas ni la confutación de los argumentos de quien se sirve
la retórica: ni tiene para qué predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo
divino, que es un género de mezcla de quien no se ha de vestir ningún cristiano
entendimiento. Sólo tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuere
escribiendo, que cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que se escribiere.
Y pues esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y
cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías, no hay
para que andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos de la divina
Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos, milagros de santos; sino
procurarse que a la llana con palabras significantes, honestas y bien colocadas,
salga vuestra oración y período sonoro y festivo; pintando, en todo lo que
alcanzaréis y fuere posible, vuestra intención, dando a entender vuestros
conceptos: sin intrincarlos y escurecerlos.
Procurad también que leyendo vuestra historia el melancólico se mueva a
risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de
la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla. En efecto,
llevad la mira puesta en derribar la máquina mal fundada destos caballerescos
libros, aborrecidos de tantos, y alabados de muchos más; que si esto
alcanzásedes, no habríades alcanzado poco.
Con silencio grave estuve escuchando lo que mi amigo me decía, y de
tal manera se imprimieron en mí sus razones, que sin ponerlas en disputa, las
aprobé por buenas, y de ellas mismas quise hacer este prólogo: en el cual verás,
lector suave, la descripción de mi amigo, la buena ventura mía en hallar en tiempo
tan necesitado tal consejero, el alivio tuyo en hallar tan sincera y tan sin revueltas
la historia del famoso DON QUIJOTE DE LA MANCHA; de quien hay opinión por
todos los habitadores del distrito del campo de Montiel, que fue el más casto
enamorado, y el más valiente caballero que de muchos años a esta parte se vio
en aquellos contornos.
Yo no quiero encarecerte el servicio que te hago en darte a conocer tan
notable y tan honrado caballero; pero quiero que me agradezcas el
conocimiento que tendrás del famoso Sancho Panza, su escudero, en quien
a, mi parecer te doy cifradas todas las gracias escuderiles que en la caterva
de los libros vanos de caballerías están esparcidas.
Y con esto, Dios te dé salud, y a mí no olvide. VALE.
Urganda la Desconocida
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Si de llegarte a los bue- |
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Libro, fueres con letu- |
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No te dirá el boquirru- |
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Que no pones bien los de- |
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Mas si el pan no te se cue- |
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Por ir a manos de idio- |
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Verás de manos a bo- |
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Aun no dar una en el cla- |
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Si bien se comen las ma- |
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Por mostrar que son curio- |
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Y pues la experiencia ense- |
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que el que a buen árbol se arri- |
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Buena sombra le cobi- |
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En Béjar tu buena estre- |
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Un árbol real te ofre- |
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Que da príncipes por fru- |
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En el cual florece un du- |
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Que es nuevo Alejandro Ma- |
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Llega a su sombra, que a osa- |
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Favorece la fortu- |
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De un noble hidalgo manche- |
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Contarás las aventu- |
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A quien ociosas letu- |
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Trastornaron la cabe- |
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Damas, armas, caballe- |
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Le provocaron de mo- |
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Que cual Orlando furio- |
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Templado a lo enamora- |
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Alcanzó a fuerza de bra- |
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A Dulcinea del To- |
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No indiscretos hierogli- |
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Estampes en el escu- |
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Que, cuando es todo figu- |
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Con ruines puntos se envi- |
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Si en la dirección te humi- |
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No dirá mofante algu- |
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Que Don Álvaro de Lu- |
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Que Aníbal el de Carta- |
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Que el rey Francisco en Espa- |
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Se queja de la Fortu- |
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Pues al cielo no le plu- |
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Que salieses tan ladi- |
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Como el negro Juan Lati- |
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Hablar latines rehu- |
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No me despuntes de agu- |
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Ni me alegues con filo- |
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Porque torciendo la bo- |
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Dirá el que entiende la le- |
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No un palmo de las ore- |
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Para que conmigo flo- |
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No te metas en dibu- |
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Ni en saber vidas aje- |
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Que en lo que no va ni vie- |
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Pasar de largo es cordu- |
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Que suelen en caperu- |
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Darles a los que grace- |
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Mas tú quémate las ce- |
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Sólo en cobrar buena fa- |
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Que el que imprima neceda- |
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Dalas a censo perpe- |
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Advierte que es desati- |
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Siendo de vidrio el teja- |
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Tomar piedras en la ma- |
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Para tirar al veci- |
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Deja que el hombre de jui- |
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En las obras que compo- |
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Se vaya con pies de plo- |
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Que el que saca a luz pape- |
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Para entretener donce- |
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Escribe a tontas y a lo-. |
a don Quijote de la Mancha
SONETO
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Tú, que imitaste la llorosa vida, |
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Que tuve ausente y desdeñado sobre |
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El gran ribazo de la Peña Pobre, |
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De alegre a penitencia reducida: |
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Tú, a quien los ojos dieron la bebida |
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De abundante licor, aunque salobre, |
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Y alzándote la plata, estaño y cobre, |
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Te dio la tierra en tierra la comida: |
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Vive seguro de que eternamente, |
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En tanto al menos que en la cuarta esfera |
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Sus caballos aguije el rubio Apolo, |
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Tendrás claro renombre de valiente, |
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Tu patria será en todas la primera, |
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Tu sabio autor al mundo único y solo. |
a don Quijote de la Mancha
SONETO
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Rompí, corté, abollé, y dije, y hice |
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Mas que en el orbe caballero andante; |
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Fui diestro, fui valiente, fui arrogante: |
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Mil agravios vengué, cien mil deshice. |
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Hazañas di a la fama que eternice |
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Fui comedido y regalado amante; |
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Fue enano para mí todo gigante; |
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Y al duelo en cualquier punto satisfice. |
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Tuve a mis pies postrada la fortuna; |
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Y trajo del copete mi cordura |
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A la calva ocasión al estricote. |
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Mas aunque sobre el cuerno de la luna |
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Siempre se vio encumbrada mi ventura, |
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Tus proezas envidio, oh gran Quijote. |
a Dulcinea del Toboso
SONETO
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¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea, |
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Por más comodidad y más reposo, |
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A Miraflores puesto en el Toboso, |
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Y trocara su Londres con tu aldea! |
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¡Oh, quién de tus deseos y librea |
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Alma y cuerpo adornara, y del famoso |
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Caballero, que hiciste venturoso, |
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Mirara alguna desigual pelea! |
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¡Oh, quién tan castamente se escapara |
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Del señor Amadís, como tú hiciste |
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Del comedido hidalgo don Quijote! |
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Que así envidiada fuera, y no envidiara, |
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Y fuera alegre el tiempo que fue triste, |
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Y gozara los gustos sin escote. |
a Sancho Panza, escudero de don Quijote
SONETO
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Salve, varón famoso, a quien fortuna, |
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Cuando en el trato escuderil te puso, |
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Tan blanda y cuerdamente lo dispuso, |
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Que lo pasaste sin desgracia alguna. |
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Ya la azada y la hoz poco repuna |
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Al andante ejercicio, ya está en uso |
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La llaneza escudera con que acuso |
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Al soberbio que intenta hollar la luna. |
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Envidio a tu jumento y a tu nombre, |
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Y a tus alforjas igualmente envidio, |
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Que mostraron tu cuerda providencia. |
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Salve otra vez, oh Sancho, tan buen hombre |
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Que a sólo tú nuestro español Ovidio |
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Con buzcorona te hace reverencia. |
a Sancho Panza
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Soy Sancho Panza escude- |
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Del manchego don Quijo- |
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Puse pies en polvoro- |
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Por vivir a lo discre- |
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Que el tácito Villadie- |
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Toda su razón de esta- |
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Cifró en una retira- |
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Según siente Celesti- |
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Libro en mi opinión divi- |
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Si encubriera más lo huma-. |
a Rocinante
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Soy Rocinante el famo- |
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Biznieto del gran Babie- |
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Por pecados de flaque- |
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Fui a poder de un don Quijo- |
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Parejas corrí a lo flo- |
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Mas por uña de caba- |
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No se me escapó ceba- |
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Que esto saqué a Lazari- |
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Cuando para hurtar el vi- |
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Al ciego le di la pa-. |
a don Quijote de la Mancha
SONETO
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Si no eres Par, tampoco le has tenido, |
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Que Par pudieras ser entre mil Pares, |
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i puede haberle donde tú te hallares, |
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Invicto vencedor, jamás vencido. |
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Orlando soy, Quijote, que perdido |
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Por Angélica, vi remotos mares, |
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Ofreciendo a la fama en sus altares |
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Aquel valor que respetó el olvido. |
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No puedo ser tu igual, que este decoro |
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Se debe a tus proezas y a tu fama, |
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Puesto que como yo perdiste el seso. |
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Mas serlo has mío, si al soberbio Moro |
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Y Cita fiero domas, que hoy nos llama |
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Iguales en amor con mal suceso. |
a don Quijote de la Mancha
SONETO
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A vuestra espada no igualó la mía, |
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Febo español, curioso cortesano, |
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Ni a la alta gloria de valor mi mano, |
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Que rayo fue do nace y muere el día. |
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Imperios desprecié, y la monarquía |
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Que me ofreció el oriente rojo en vano, |
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Dejé por ver el rostro soberano |
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De Claridiana, aurora, hermosa mía. |
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Amela por milagro único y raro, |
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Y ausente en su desgracia, el propio infierno |
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Temió mi brazo, que domó su rabia. |
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Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro, |
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Por Dulcinea sois al mundo eterno, |
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Y ella por vos famosa, honesta y sabia. |
a don Quijote de la Mancha
SONETO
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Magüer, señor Quijote, que sandeces |
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Vos tengan el cerbelo derrumbado, |
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Nunca seréis de alguno reprochado |
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Por hombre de obras viles y soeces. |
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Serán vuesas fazañas los joeces, |
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Pues tuertos desfaciendo habéis andado, |
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Siendo vegadas mil apaleado |
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Por follones cautivos y raheces. |
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Y si la vuesa linda Dulcinea |
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Desaguisado contra vos comete, |
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Ni a vuesas cuitas muestra buen talante, |
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En tal desmán vueso conorte sea, |
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Que Sancho Panza fue mal alcahuete, |
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Necio él, dura ella, y vos no amante. |
SONETO
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B. |
¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado? |
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R. |
Porque nunca se come y se trabaja, |
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B. |
¿Pues qué es de la cebada y de la paja? |
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R. |
No me deja mi amo ni un bocado. |
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B. |
Anda, señor, que estáis muy mal criado, |
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Pues vuestra lengua de asno al amo ultraja. |
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R. |
Asno se es de la cuna a la mortaja. |
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¿Queréislo ver? Miradlo enamorado. |
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B. |
¿Es necedad amar? |
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R. |
No es gran prudencia. |
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B. |
Metafísico estáis. |
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R. |
Es que no como. |
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B. |
Quejaos del escudero. |
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R. |
No es bastante. |
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¿Cómo me he de quejar en mi dolencia, |
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Si el amo y escudero, o mayordomo, |
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Son tan rocines como Rocinante? |
Capítulo primero. Que trata de la
condición y ejercicio del
famoso hidalgo don Quijote de la Mancha.
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho
tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua,
rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero,
salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los
viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres
partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de
velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de
entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una
ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte,
y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la
podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de
complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo
de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada,
que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben;
aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba
Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración
dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba
ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con
tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la
caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad
y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para
comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos
cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como
los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su
prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más
cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en
muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se
hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la
vuestra fermosura. Y también cuando leía: ...los altos cielos que de
vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen
merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por
entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las
entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba
muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se
imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de
tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con
todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella
inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle
fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera,
y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo
estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar -que era
hombre docto, graduado en Sigüenza-, sobre cuál había sido mejor caballero:
Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del
mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si
alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula,
porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero
melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le
iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las
noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así,
del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino
a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los
libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos,
heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y
asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella
máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no
había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz
había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero
de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos
fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio,
porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la
industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre
los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de
aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él
solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos
de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos
topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro,
según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de
Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.
En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento
que jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció convenible y
necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su
república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus
armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que
él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo
género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos,
cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor
de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan
agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se
dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.
Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus
bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que
estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor
que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de
encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de
cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacían
una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y
podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos
golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una
semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho
pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo,
poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó
satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia della, la
diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más
tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció
que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban.
Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque, según
se decía él a sí mesmo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y
tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí, procuraba
acomodársele de manera que declarase quién había sido, antes que fuese de
caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón
que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase
famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio
que ya profesaba. Y así, después de muchos nombres que formó, borró y
quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin
le vino a llamar Rocinante: nombre, a su parecer, alto, sonoro y
significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora
era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo,
y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don
Quijote; de donde -como queda dicho- tomaron ocasión los autores desta tan
verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada,
como otros quisieron decir. Pero, acordándose que el valeroso Amadís no
sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el
nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llamó Amadís de Gaula,
así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y
llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al
vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su
rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra
cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante
sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él
a sí:
-Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por
ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros
andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o,
finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle
presentado y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga
con voz humilde y rendido: ''Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro,
señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el
jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me
mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza
disponga de mí a su talante''?
¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso,
y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree,
que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen
parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende,
ella jamás lo supo, ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a
ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y,
buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se
encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del
Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, músico y
peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas
había puesto.
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Capítulo II. Que trata de la primera
salida que de su tierra
hizo el ingenioso don Quijote.
Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en
efeto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía
en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer,
tuertos que enderezar, sinrazones que emendar, y abusos que mejorar y
deudas que satisfacer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su
intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno
de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre
Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su
lanza, y, por la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandísimo
contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su
buen deseo. Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento
terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y fue
que le vino a la memoria que no era armado caballero, y que, conforme a ley
de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero; y,
puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas, como novel caballero,
sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos
pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su
locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del
primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según
él había leído en los libros que tal le tenían. En lo de las armas blancas,
pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un
armiño; y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que
aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de
las aventuras.
Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo
mesmo y diciendo:
-¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la
verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere
no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salidad tan de mañana,
desta manera?: «Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la
ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y
apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas habían
saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que,
dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del
manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero
don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso
caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de
Montiel».
Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo:
-Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas
hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y
pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador,
quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina
historia, ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno
mío en todos mis caminos y carreras!
Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado:
-¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón!, mucho agravio me
habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de
mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de
membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor
padece.
Con éstos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus
libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje. Con esto,
caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que
fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera.
Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo
cual se desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer
experiencia del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la
primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la
de los molinos de viento; pero, lo que yo he podido averiguar en este caso,
y lo que he hallado escrito en los Anales de la Mancha, es que él anduvo
todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y
muertos de hambre; y que, mirando a todas partes por ver si descubriría
algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese
remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde
iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales,
sino a los alcázares de su redención le encaminaba. Diose priesa a caminar,
y llegó a ella a tiempo que anochecía.
Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido,
las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche
acertaron a hacer jornada; y, como a nuestro aventurero todo cuanto
pensaba, veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que
había leído, luego que vio la venta, se le representó que era un castillo
con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su
puente levadiza y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes
castillos se pintan. Fuese llegando a la venta, que a él le parecía
castillo, y a poco trecho della detuvo las riendas a Rocinante, esperando
que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna
trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero, como vio que se
tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la caballeriza, se
llegó a la puerta de la venta, y vio a las dos destraídas mozas que allí
estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas
damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando. En esto,
sucedió acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una
manada de puercos -que, sin perdón, así se llaman- tocó un cuerno, a cuya
señal ellos se recogen, y al instante se le representó a don Quijote lo que
deseaba, que era que algún enano hacía señal de su venida; y así, con
estraño contento, llegó a la venta y a las damas, las cuales, como vieron
venir un hombre de aquella suerte, armado y con lanza y adarga, llenas de
miedo, se iban a entrar en la venta; pero don Quijote, coligiendo por su
huida su miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo su seco y
polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada, les dijo:
-No fuyan las vuestras mercedes ni teman desaguisado alguno; ca a la orden
de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a
tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran.
Mirábanle las mozas, y andaban con los ojos buscándole el rostro, que la
mala visera le encubría; mas, como se oyeron llamar doncellas, cosa tan
fuera de su profesión, no pudieron tener la risa, y fue de manera que don
Quijote vino a correrse y a decirles:
-Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez además la risa
que de leve causa procede; pero no vos lo digo porque os acuitedes ni
mostredes mal talante; que el mío non es de ál que de serviros.
El lenguaje, no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro
caballero acrecentaba en ellas la risa y en él el enojo; y pasara muy
adelante si a aquel punto no saliera el ventero, hombre que, por ser muy
gordo, era muy pacífico, el cual, viendo aquella figura contrahecha, armada
de armas tan desiguales como eran la brida, lanza, adarga y coselete, no
estuvo en nada en acompañar a las doncellas en las muestras de su contento.
Mas, en efeto, temiendo la máquina de tantos pertrechos, determinó de
hablarle comedidamente; y así, le dijo:
-Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén del lecho (porque
en esta venta no hay ninguno), todo lo demás se hallará en ella en mucha
abundancia.
Viendo don Quijote la humildad del alcaide de la fortaleza, que tal le
pareció a él el ventero y la venta, respondió:
-Para mí, señor castellano, cualquiera cosa basta, porque
mis arreos son las armas,
mi descanso el pelear, etc.
Pensó el huésped que el haberle llamado castellano había sido por haberle
parecido de los sanos de Castilla, aunque él era andaluz, y de los de la
playa de Sanlúcar, no menos ladrón que Caco, ni menos maleante que
estudiantado paje; y así, le respondió:
-Según eso, las camas de vuestra merced serán duras peñas, y su dormir,
siempre velar; y siendo así, bien se puede apear, con seguridad de hallar
en esta choza ocasión y ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más
en una noche.
Y, diciendo esto, fue a tener el estribo a don Quijote, el cual se apeó con
mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo aquel día no se había
desayunado.
Dijo luego al huésped que le tuviese mucho cuidado de su caballo, porque
era la mejor pieza que comía pan en el mundo. Miróle el ventero, y no le
pareció tan bueno como don Quijote decía, ni aun la mitad; y, acomodándole
en la caballeriza, volvió a ver lo que su huésped mandaba, al cual estaban
desarmando las doncellas, que ya se habían reconciliado con él; las cuales,
aunque le habían quitado el peto y el espaldar, jamás supieron ni pudieron
desencajarle la gola, ni quitalle la contrahecha celada, que traía atada
con unas cintas verdes, y era menester cortarlas, por no poderse quitar los
ñudos; mas él no lo quiso consentir en ninguna manera, y así, se quedó toda
aquella noche con la celada puesta, que era la más graciosa y estraña
figura que se pudiera pensar; y, al desarmarle, como él se imaginaba que
aquellas traídas y llevadas que le desarmaban eran algunas principales
señoras y damas de aquel castillo, les dijo con mucho donaire:
-Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera don Quijote
cuando de su aldea vino:
doncellas curaban dél;
princesas, del su rocino,
o Rocinante, que éste es el nombre, señoras mías, de mi caballo, y don
Quijote de la Mancha el mío; que, puesto que no quisiera descubrirme fasta
que las fazañas fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran, la fuerza
de acomodar al propósito presente este romance viejo de Lanzarote ha sido
causa que sepáis mi nombre antes de toda sazón; pero, tiempo vendrá en que
las vuestras señorías me manden y yo obedezca, y el valor de mi brazo
descubra el deseo que tengo de serviros.
Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respondían
palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa.
-Cualquiera yantaría yo -respondió don Quijote-, porque, a lo que entiendo,
me haría mucho al caso.
A dicha, acertó a ser viernes aquel día, y no había en toda la venta sino
unas raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo, y en Andalucía
bacallao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela. Preguntáronle
si por ventura comería su merced truchuela, que no había otro pescado que
dalle a comer.
-Como haya muchas truchuelas -respondió don Quijote-, podrán servir de una
trucha, porque eso se me da que me den ocho reales en sencillos que en una
pieza de a ocho. Cuanto más, que podría ser que fuesen estas truchuelas
como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón.
Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no
se puede llevar sin el gobierno de las tripas.
Pusiéronle la mesa a la puerta de la venta, por el fresco, y trújole el
huésped una porción del mal remojado y peor cocido bacallao, y un pan tan
negro y mugriento como sus armas; pero era materia de grande risa verle
comer, porque, como tenía puesta la celada y alzada la visera, no podía
poner nada en la boca con sus manos si otro no se lo daba y ponía; y ansí,
una de aquellas señoras servía deste menester. Mas, al darle de beber, no
fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caña, y puesto el un
cabo en la boca, por el otro le iba echando el vino; y todo esto lo recebía
en paciencia, a trueco de no romper las cintas de la celada.
Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de puercos; y, así
como llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces, con lo cual
acabó de confirmar don Quijote que estaba en algún famoso castillo, y que
le servían con música, y que el abadejo eran truchas; el pan, candeal; y
las rameras, damas; y el ventero, castellano del castillo, y con esto daba
por bien empleada su determinación y salida. Mas lo que más le fatigaba era
el no verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner
legítimamente en aventura alguna sin recebir la orden de caballería.
Volver al principio
Capítulo III. Donde se cuenta la
graciosa manera que tuvo
don Quijote en armarse caballero.
Y así, fatigado deste pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena; la
cual acabada, llamó al ventero, y, encerrándose con él en la caballeriza,
se hincó de rodillas ante él, diciéndole:
-No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la
vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en
alabanza vuestra y en pro del género humano.
El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones,
estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con
él que se levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él le
otorgaba el don que le pedía.
-No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío
-respondió don Quijote-; y así, os digo que el don que os he pedido, y de
vuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que mañana en aquel día me
habéis de armar caballero, y esta noche en la capilla deste vuestro
castillo velaré las armas; y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que
tanto deseo, para poder, como se debe, ir por todas las cuatro partes del
mundo buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como está a cargo
de la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a
semejantes fazañas es inclinado.
El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos
barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando
acabó de oírle semejantes razones, y, por tener qué reír aquella noche,
determinó de seguirle el humor; y así, le dijo que andaba muy acertado en
lo que deseaba y pedía, y que tal prosupuesto era propio y natural de los
caballeros tan principales como él parecía y como su gallarda presencia
mostraba; y que él, ansimesmo, en los años de su mocedad, se había dado a
aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando sus
aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán,
Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de
Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y
otras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies,
sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas,
deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos, y, finalmente,
dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda
España; y que, a lo último, se había venido a recoger a aquel su castillo,
donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos los
caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por
la mucha afición que les tenía y porque partiesen con él de sus haberes, en
pago de su buen deseo.
Díjole también que en aquel su castillo no había capilla alguna donde poder
velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero que,
en caso de necesidad, él sabía que se podían velar dondequiera, y que
aquella noche las podría velar en un patio del castillo; que a la mañana,
siendo Dios servido, se harían las debidas ceremonias, de manera que él
quedase armado caballero, y tan caballero que no pudiese ser más en el
mundo.
Preguntóle si traía dineros; respondió don Quijote que no traía blanca,
porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que
ninguno los hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba; que,
puesto caso que en las historias no se escribía, por haberles parecido a
los autores dellas que no era menester escrebir una cosa tan clara y tan
necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso se
había de creer que no los trujeron; y así, tuviese por cierto y averiguado
que todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos y
atestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese
sucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de
ungüentos para curar las heridas que recebían, porque no todas veces en los
campos y desiertos donde se combatían y salían heridos había quien los
curase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo, que luego
los socorría, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enano
con alguna redoma de agua de tal virtud que, en gustando alguna gota della,
luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno
hubiesen tenido. Mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron los
pasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos de
dineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungüentos para
curarse; y, cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos,
que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unas
alforjas muy sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo,
como que era otra cosa de más importancia; porque, no siendo por ocasión
semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros
andantes; y por esto le daba por consejo, pues aún se lo podía mandar como
a su ahijado, que tan presto lo había de ser, que no caminase de allí
adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuán
bien se hallaba con ellas cuando menos se pensase.
Prometióle don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda
puntualidad; y así, se dio luego orden como velase las armas en un corral
grande que a un lado de la venta estaba; y, recogiéndolas don Quijote
todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba, y, embrazando su
adarga, asió de su lanza y con gentil continente se comenzó a pasear
delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la noche.
Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su
huésped, la vela de las armas y la armazón de caballería que esperaba.
Admiráronse de tan estraño género de locura y fuéronselo a mirar desde
lejos, y vieron que, con sosegado ademán, unas veces se paseaba; otras,
arrimado a su lanza, ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen
espacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero con tanta claridad de la
luna, que podía competir con el que se la prestaba, de manera que cuanto el
novel caballero hacía era bien visto de todos. Antojósele en esto a uno de
los arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su recua, y fue
menester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila; el
cual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:
-¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las
armas del más valeroso andante que jamás se ciñó espada!, mira lo que haces
y no las toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento.
No se curó el arriero destas razones (y fuera mejor que se curara, porque
fuera curarse en salud); antes, trabando de las correas, las arrojó gran
trecho de sí. Lo cual visto por don Quijote, alzó los ojos al cielo, y,
puesto el pensamiento -a lo que pareció- en su señora Dulcinea, dijo:
-Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestro
avasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance
vuestro favor y amparo.
Y, diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó la
lanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza,
que le derribó en el suelo, tan maltrecho que, si segundara con otro, no
tuviera necesidad de maestro que le curara. Hecho esto, recogió sus armas y
tornó a pasearse con el mismo reposo que primero. Desde allí a poco, sin
saberse lo que había pasado (porque aún estaba aturdido el arriero), llegó
otro con la mesma intención de dar agua a sus mulos; y, llegando a quitar
las armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sin
pedir favor a nadie, soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza, y,
sin hacerla pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porque
se la abrió por cuatro. Al ruido acudió toda la gente de la venta, y entre
ellos el ventero. Viendo esto don Quijote, embrazó su adarga, y, puesta
mano a su espada, dijo:
-¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío!
Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo
caballero, que tamaña aventura está atendiendo.
Con esto cobró, a su parecer, tanto ánimo, que si le acometieran todos los
arrieros del mundo, no volviera el pie atrás. Los compañeros de los
heridos, que tales los vieron, comenzaron desde lejos a llover piedras
sobre don Quijote, el cual, lo mejor que podía, se reparaba con su adarga,
y no se osaba apartar de la pila por no desamparar las armas. El ventero
daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era loco, y que
por loco se libraría, aunque los matase a todos. También don Quijote las
daba, mayores, llamándolos de alevosos y traidores, y que el señor del
castillo era un follón y mal nacido caballero, pues de tal manera consentía
que se tratasen los andantes caballeros; y que si él hubiera recebido la
orden de caballería, que él le diera a entender su alevosía:
-Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad,
venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago que
lleváis de vuestra sandez y demasía.
Decía esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en los
que le acometían; y, así por esto como por las persuasiones del ventero, le
dejaron de tirar, y él dejó retirar a los heridos y tornó a la vela de sus
armas con la misma quietud y sosiego que primero.
No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinó
abreviar y darle la negra orden de caballería luego, antes que otra
desgracia sucediese. Y así, llegándose a él, se desculpó de la insolencia
que aquella gente baja con él había usado, sin que él supiese cosa alguna;
pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento. Díjole como ya le
había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que restaba
de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado
caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía
noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo se
podía hacer, y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar de las
armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más, que él había
estado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote, y dijo que él estaba
allí pronto para obedecerle, y que concluyese con la mayor brevedad que
pudiese; porque si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, no
pensaba dejar persona viva en el castillo, eceto aquellas que él le
mandase, a quien por su respeto dejaría.
Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde
asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela
que le traía un muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino adonde
don Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en su
manual, como que decía alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzó
la mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su mesma
espada, un gentil espaldazaro, siempre murmurando entre dientes, como que
rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada,
la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción, porque no fue menester
poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias; pero las
proezas que ya habían visto del novel caballero les tenía la risa a raya.
Al ceñirle la espada, dijo la buena señora:
-Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura en
lides.
Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante
a quién quedaba obligado por la merced recebida; porque pensaba darle
alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella
respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un
remendón natural de Toledo que vivía a las tendillas de Sancho Bienaya, y
que dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. Don
Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelante
se pusiese don y se llamase doña Tolosa. Ella se lo prometió, y la otra le
calzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de
la espada: preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera, y que
era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó don
Quijote que se pusiese don y se llamase doña Molinera, ofreciéndole nuevos
servicios y mercedes.
Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta allí nunca vistas ceremonias, no
vio la hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras;
y, ensillando luego a Rocinante, subió en él, y, abrazando a su huésped, le
dijo cosas tan estrañas, agradeciéndole la merced de haberle armado
caballero, que no es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle ya
fuera de la venta, con no menos retóricas, aunque con más breves palabras,
respondió a las suyas, y, sin pedirle la costa de la posada, le dejó ir a
la buen hora.
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Capítulo IV. De lo que le sucedió a
nuestro caballero cuando